Beatriz Chaves Echeverry


Uno de los mayores retos al que nos enfrentamos los padres de familia al educar a nuestros hijos es a que aprendan a asumir las consecuencias de sus actos. Sin lugar a dudas puedo afirmar que un ser humano que convive de una manera sana en la sociedad es aquél que sopesa los resultados de cualquier decisión que toma buscando el mayor bien, no solo para sí mismo, sino para quienes lo rodean y para la sociedad a la que pertenece. Lo que me lleva a reflexionar sobre nuestros políticos, quienes al robar descaradamente, negociar nuestros bienes y permitir que otros roben nuestros recursos se comportan como cualquier otro antisocial, pero a mayor escala, al que nunca le enseñaron qué era el bien común, el respeto por los demás, ni a responder por sus actos.
Y el gobierno no duda en ponernos a pagar a los que no hemos robado para cubrir sus propios desfalcos; la mermelada, la corrupción y su ineficiencia. Pero a la hora de disminuir sus salarios y prebendas ahí sí nuestros parlamentarios se vuelven intocables, echando mano de cualquier triquiñuela para no legislar sobre lo que no les conviene, pero no les tiembla la mano para aprobar una reforma tributaria que estrangula aún más los bolsillos de todos los colombianos, a excepción de los grandes empresarios, a quienes favorecen, a cambio de quién sabe qué o, más bien, de quién sabe cuánto. Que paguen otros.
Ahora a los niños ya no se les castiga de la manera tradicional. En mi casa existía el “rejo mágico” y ante el anuncio de su aparición corríamos despavoridos, claro que mi papá corría más rápido que nosotros. Así crió a nueve, con la ayuda de Doña Livia, que a la hora de ejercer autoridad no lo hacía nada mal. El concepto actual es anunciar al niño una consecuencia, como la pérdida de algún privilegio, ya sea no ver televisión por cierto tiempo o suspender la plata de la mesada para el mecato del colegio. La aplicación de la misma no se negocia, una vez anunciada se debe cumplir sí o sí.
Sea a la antigua o a la moderna, lo importante es que a la persona le quede claro que los actos traen consecuencias y éstas no se pueden evadir, pues más tarde será la sociedad la que nos cobre nuestros errores, aunque en este país aún no se ha creado un mecanismo eficiente para castigar a los corruptos que están acabando con nuestras arcas, mientras nosotros seguimos pagando por ellos.
Así que cuando Mariana se enfurece porque no se puede poner el zapato y le pega inmisericorde contra el piso, yo intervengo y le explico; “hija, la culpa no es del zapato, aflójale el cordón y verás que te funciona mejor”. Espero que poco a poco mi hija vaya entendiendo que no son los demás sino sus propios actos y decisiones los que determinan los resultados que obtiene en su vida.
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