Beatriz Chaves Echeverry


Qué decepción. Es lo que siento, aunque no me cae de sorpresa, pues en mi fuero interno lo presentía al hacer la lectura de la disociación que se respiraba en el ambiente respecto a los acuerdos de paz. Paz que nuevamente queda aplazada hasta que la voluntad de los jefes supremos de la discordia cambie.
El país del No es triste y gris; le ha dado la espalda a la esperanza para apoyar un realismo que duele. Apoya posturas sectarias y recalcitrantes como la del exprocurador Alejandro Ordóñez, que parece sacado de un tribunal de la inquisición y traído a este país, en donde todavía abundan el fanatismo y la religiosidad mal entendida. Y ni hablar de Álvaro Uribe, que en su desempeño como presidente demostró sus posturas radicales y su casta de peleador y no lo digo como un halago, pues lo que menos necesita Colombia en este momento es más peleas; el país está urgido de conciliación. Es lo que todos necesitamos.
Entiendo que haya influido en la gente para votar No el arrepentimiento tardío y la postura triunfalista de las Farc, quienes hasta el domingo 2 de octubre se dieron cuenta del profundo resentimiento y resquemor que generan en la mitad de los colombianos y en la otra mitad también, pues los que votamos Sí no lo hicimos para apoyar a las Farc si no para abrirle un espacio a la paz en Colombia; espacio que parecía cercano y que ahora se diluye en el tiempo hasta quién sabe cuándo.
Así como la comunidad internacional no entiende el resultado de unas votaciones que le dan la espalda a los acuerdos, que fueron el resultado de cuatro años de negociaciones, a mí me ha costado mucha dificultad explicarle a mi hija de siete años por qué ganó el No. Tratar de darle argumentos es sembrar en ella desconfianza y resentimiento que no tiene, así como tampoco tenemos argumentos para explicarle a esas regiones del país que han sufrido las peores tragedias en esta guerra interna y que le apostaron al Sí, por qué los que vivimos en las ciudades, más resguardados del conflicto dijimos No y ellos se arriesgaron a perdonar y a tratar de pasar la página.
“Tristes son las guerras cuando no son de amores, tristes, tristes…”. Así me siento yo y también los seis millones de colombianos que le apostamos a la esperanza y se nos escapó. Ojalá eso lo entiendan los que ahora se tienen que volver a sentar a trabajar por la paz en una mesa de negociación. Que Dios los ilumine.
Nota: Gracias a los últimos acontecimientos “El país del No” se ha convertido en el país del Nobel, eso nos demuestra que el apoyo irrestricto a la paz viene de muchas partes y esperemos que sirva para acelerar este nuevo proceso de negociación y se llegue a un consenso prontamente.
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