Beatriz Chaves Echeverry


La charla comienza con una pregunta. ¿Imaginan si existieran padres conscientes que crearan familias despiertas? Despertamos cuando nos convertimos en quienes realmente somos, afirma la doctora Shefali Tsabari (Ph.D. en psicología clínica de la universidad de Columbia). Algunos le llaman propósito o significado; eso que nos hace trascender como seres humanos, encontrar la razón por la que vinimos al mundo. La ironía que plantea esta mujer, es que aquello que algunos nos pasamos buena parte de la vida buscando, alguna vez lo tuvimos en nuestra niñez, cuando fuimos uno de esos niños que se contemplan así mismos en el espejo y solo ven belleza y perfección. Los niños no tienen la necesidad de convertirse en algo o hacer algo para poder ser felices, pero en algún punto del camino la felicidad se nos pierde y se vuelve un objetivo que perseguir afuera.
¿Cuándo sucede esto? ¿En qué momento nos volvemos inadecuados e insuficientes? ¿Por qué? ¿Quién fue la primera persona que nos dijo que teníamos que ser esto o aquello para ser felices? La doctora Shefali tiene una dura respuesta, que ya había planteado don Miguel Ruiz cuando equipara la educación con un proceso de domesticación: es cuando entramos en el proceso de dejar de ser lo que somos para convertirnos en lo que otros quieren, el momento en el que renunciamos a nuestra propia verdad para creer en la de otros. Padres, familia, profesores, medios de comunicación, entre otros, se encargan de pasarnos la lista de lo que debemos ser, de lo que tenemos que alcanzar para, usando la frase tantas veces inoculada en nuestras mentes, ser alguien en la vida.
Pero la labor de padres y educadores no está en enseñarles a los niños que se tienen que convertir en algo o en alguien, sino en ayudarlos a que se desarrollen y desplieguen lo que ellos son; sus propias habilidades y talentos y no los que nosotros como padres, educadores y sociedad queremos imponerles. Históricamente los hijos han cargado con el peso de los sueños frustrados de sus progenitores, pero no nos hemos detenido a escuchar cuáles son los sueños de nuestros hijos. Hoy Mariana, con su inocencia de los siete años, me dijo muy seria: “mamá todavía no sé qué quiero ser; patinadora, bailarina, alcaldesa o cantante, es que me gustan todas, eso sí, ya sé que no quiero ser astronauta...”. Yo traté de darle mi mejor respuesta: “Hija lo importante es que te sientas feliz con lo que hagas, eso es lo único que importa”. Espero que en los años que me quedan como madre nunca se me salga una de esas frases con las que se matan los sueños como “si estudia eso va a ser pobre toda la vida” o peor aún y más sentenciosa “con eso se va a morir de hambre”. Estoy segura que si mi hija hace cualquiera de las cosas con las que sueña ahora o con las que soñará después nunca se va a morir de hambre; la vida la pondrá en el lugar correcto para que pueda utilizar todas sus cualidades, porque si algo voy a tratar de enseñarle es a confiar o, más bien, a que no pierda la confianza que ya tiene.
Lo que plantea esta psicóloga es que tenemos que erradicar la educación que se basa en el miedo y el control en nombre del amor, yo agregaría que también se basa en la carencia y en la búsqueda de aprobación afuera, cuando lo que debemos enseñar y aprender nosotros mismos es que somos seres maravillosos y completos buscando desplegar nuestras virtudes y que tenemos derecho a amarnos y a ser amados tal como somos. También nos reta a dejar de ver a nuestros niños como seres defectuosos o incompletos que se tienen que arreglar o mejorar; no, ellos están bien, los del problema somos nosotros. Así que, para romper la cadena, nos invita a tratar de superar nuestros traumas y así no transmitirlos a las futuras generaciones: la crianza debe evolucionar del hijo que necesita ser modelado a nuestro gusto a los padres que necesitan evolucionar, ese es el cambio de paradigma que propone la doctora Shefali.
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