Luis Alfonso Arias A.


La semana pasada, en un agradable almuerzo con un grupo de coterráneos, se puso sobre la mesa el tema del precio del petróleo. Uno de los contertulios -elegante, distinguido y buena gente-, con vehemencia atribuyó el bajo precio del petróleo al surgimiento de las nuevas tecnologías de vehículos eléctricos, que representan un menor consumo de petróleo y desincentivan la producción del mismo, lo cual conlleva a un precio cada vez menor. Y aunque no estuve de acuerdo en que sea la única causa, aproveché la ocasión para exponer mis argumentos y hacerle ver que el asunto no es tan simple como parece.
Si analizamos la tesis de mi amigo a la luz de la más elemental ley de teoría económica, la de oferta y demanda, el bajo precio del petróleo en esta ocasión no tiene que ver únicamente con la disminución del consumo (léase menor demanda), sino también con todo lo contrario: una mayor oferta generada por la sobreproducción de petróleo en Estados Unidos, que con la famosa técnica del ‘fracking’ y el petróleo no convencional de esquisto, pasó de producir 8,5 millones de barriles diarios en 2008, a 11,2 millones de barriles diarios en 2012, ritmo al que muy seguramente en el 2015 superará a Arabia Saudita y se convertirá en el primer productor del mundo.
Pero no solo la mayor producción de Estados Unidos es la que ha ocasionado la caída del precio del petróleo. También hay que mencionar algunas otras razones poderosas como la incertidumbre en la recuperación de la economía europea, el menor ritmo de crecimiento de la economía China y el incremento de la producción en países como Libia e Irak. Y, por qué no decirlo, para darle crédito a nuestro amigo, que el bajo precio también está relacionado, en menor medida, con tecnologías de vehículos más eficientes y con la famosa ola verde. Indiscutible.
Pero más allá de cualquier análisis sobre las causas del fenómeno, lo fundamental es saber cómo debemos prepararnos para afrontar las consecuencias de lo que será un difícil periodo para la economía colombiana. ¿La razón?, muy sencilla: De cada 100 pesos que recibe el Estado colombiano, 22 provienen del petróleo, representados en los impuestos que pagan las grandes petroleras, en las regalías que se invierten en departamentos y municipios, y adicionalmente en las utilidades que le transfiere Ecopetrol. Lo que expresado en otros términos significa que por cada dólar que baja el precio del barril de petróleo, nuestro país deja de recibir la suma de 400 mil millones de pesos; o sea que si el precio ha bajado de 100 a 50 dólares, el hueco fiscal alcanza unos 20 billones de pesos.
¿Y de dónde saldrá el dinero para tapar este profundo hueco? Una de dos: o el gobierno se da la pela con un apretón en el gasto, o nos monta una nueva reforma tributaria. Y como están las cosas, la primera opción no cabe en el posconflicto, mientras que de la segunda ya se habla con insistencia; incluso empieza a vislumbrarse un incremento del IVA y un impuesto nuevo a los dividendos. No quiero ser ave de mal agüero, pero si la caída del precio continúa, no estaríamos lejos de ver la economía colombiana en graves aprietos, desempleo de dos dígitos, mayor endeudamiento externo y un dólar mucho más caro.
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AL MARGEN: Ni qué decir de aquellos que invirtieron en acciones de Ecopetrol y otras compañías petroleras. Nadie se imaginó la debacle. Y para rematar, lo más triste de todo es que el precio de la gasolina sigue por las nubes.
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