Juan Carlos Arias Duque


¿Si una de las características de la civilización occidental es el cristianismo, y si la religión es el elemento más definitorio de la cultura, por qué la visión política de la convivencia en el perdón que está profundamente impregnada en el Nuevo Testamento, no se expresa con la intensidad que debiera en las relaciones sociales de los cristianos? Fuera de apasionamientos religiosos se puede concluir que el mandamiento crístico para lograr la convivencia es nada menos que el perdón; el cual puede ser dispensado por los humanos, en tanto creados a imagen y semejanza de Dios y por ello capaces de obras divinas, precisamente como el perdón.
Si bien el ánimo de venganza es reconocido como propio del hombre, en una interpretación política de la Biblia podemos identificar que en ella se invita a no permitir que el sol del resentimiento se oculte frente a nuestro entendimiento (Efesos 4, 26), y para ello se nos muestra un camino que supone, por lo menos los siguientes pasos:
1) No juzgar, porque solo puede evaluar el comportamiento humano quien conoce su naturaleza con la profundidad necesaria para comprenderlo; menos aún puede condenarse desde el dolor ya que ese es un ángulo tan estrecho que no permite la imparcialidad, y tampoco puede hacerlo quien carece de legitimidad para ello pues todos ostentamos la calidad de pecadores (Lucas 6, 37-38).
2) Percibir a quienes nos hacen daño como ignorantes y compadecerse de ellos como lo hizo el Maestro en su agonía (Lucas 23, 34).
3) Perdonar es la única condición para ser perdonados (Marcos 5, 3-24; Mateo 6, 14-15) y debe hacerse infinitamente, con indiferencia de si quien causó daño pide misericordia, la merece, la necesita, se arrepiente, vive, o ha reparado a su víctima, incluso si no ha dejado de ofenderla (Mateo 5, 7-9, 23-24; 6, 12-15; 18-21; Marcos 11, 25-26) lo cual, sin duda, es excesivamente difícil al punto que se identifica como tortuoso, pero "estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida" (Mateo 7, 13).
4) Dejar todo a la justicia divina, toda vez que quien nos pide desapego por el daño sufrido tiene un plan para toda la humanidad y todos los tiempos. (Mateo 5, 17; 6, 33)
Pues bien, la pregunta sigue en el ambiente; pero lo que tampoco termino de entender es la razón por la cual las iglesias que se precian de ser cristianas no se han convertido en promotoras del perdón en la forma y con la fuerza que plantea el texto bíblico, y en cambio exigen venganza disfrazada de justicia. Acaso, ¿será que un relato de esta naturaleza las dejaría sin fieles ya que la amenaza del castigo eterno es el motor que alimenta el miedo que genera la sumisión a un discurso?, ¿será que es cierta aquella terrible advertencia que se hacía en el medio evo según la cual sin temor no hay fe?
Esta sociedad debe avanzar para ser mejor, y sería un gran paso concebir el cristianismo en su forma prístina, desde el mandamiento del amor, o mejor, del perdón y no de la amenaza, la cual, en todo caso tiene una relación precisa con la búsqueda de la venganza.
No solo el éxito del proceso de paz depende en gran medida de nuestra capacidad de perdonar, también el del sistema penal acusatorio que intentamos aplicar, ya que una de las condiciones para su adecuado funcionamiento está ligada al enfrentamiento del delito con respuestas distintas a la intervención judicial y a la pena de prisión.
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