Juan Carlos Arias Duque


El cristianismo identifica comportamientos que atentan contra la convivencia, a los que llama pecados, y luego de advertirnos que su comisión acarrea castigo, nos ofrece un perdón con la única condición de que también perdonemos a los que nos ofenden. Sin embargo, por efecto de la modernidad, se produjo un fenómeno que se conoce como la secularización, basada en que el poder ya no está soportado en Dios sino en el ejercicio de la razón de un pueblo soberano que se expresa por medio del sufragio. Por ello se dice que Dios fue reemplazado por el Estado en el contexto de lo político.
Pues bien, en el reglamento mayor, o mejor, en nuestra "biblia estatal", esa que llamamos Constitución Política y que hicimos nosotros, el pueblo del dios Estado, se nos indica la doctrina de nuestra convivencia, y es donde se declara que somos un Estado social, democrático y de derecho; y a las iglesias de su difusión e interpretación, vale decir, todos los establecimientos que conforman el sistema educativo, les corresponde darle el alcance preciso a tales conceptos.
Pero así como en el cristianismo se traiciona a Dios y al prójimo por medio del pecado, también al Estado se le ofende de palabra, obra y omisión. Mientras que aquél se asienta en el mandamiento del amor, nuestro Estado lo hace en algo similar a lo que llama equidad, que consiste fundamentalmente en dar a cada quien, no por igual, sino en la medida de su marginación económica y social; y contra ella se peca de manera intensa y permanente:
De palabra, peca contra el Estado quien denigra de él, quien pregona la insolidaridad, el que predica que es de vivos saquearlo, quien defiende la ilegalidad en todas sus manifestaciones.
De obra, atenta contra el Estado, aquel que busca su bienestar con total indiferencia de la suerte de los demás porque cree que sus derechos individuales no tienen límite, el que engaña al Estado demandando de él aquello a lo que no tiene derecho, o que no necesita, el que carece de límite para su riqueza, así como quien acude al atajo para lograr sus objetivos, el que delinque, el que destruye, etcétera.
Peca por omisión el que no vota y con su indiferencia permite que bandidos lleguen saquear las arcas que son de todos, el que no paga impuestos y también el que no contribuye como debiera, y se esconde del Estado a contar sus ganancias y a firmar sus escrituras por lo mínimo posible, pero que sí acude a él para pedir protección por sus derechos y sus bienes; el que guarda silencio frente a un delito así como el que se beneficia de él y el que lo aplaude, el insolidario, el que tiene argumentos para saltarse la norma que lo controla, etcétera.
Ya de los pecados sociales hablaron Gandhi y el papa Juan Pablo II, quienes elaboraron sus propias listados.
Pues bien, ahora que hablamos de perdón y reconciliación, todos nosotros pecadores, debemos comenzar por pedirle perdón al Estado colombiano por las ofensas de que lo hemos hecho víctima, y perdonarnos nosotros mismos por haber contribuido de manera eficiente a propiciar, o en el mejor de los casos a mantener la guerra que esperamos dejar atrás, precisamente renunciando a seguir cometiendo los pecados sociales que nos hacen culpables. Así pues, esperemos ser perdonados con la misma intensidad con la que estamos dispuestos a perdonar, con la expectativa cierta, no solo la esperanza, de que tales comportamientos, no se repetirán.
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015