Juan Carlos Arias Duque


El inicio de diálogos de paz con el Eln es muestra irrefutable de que la guerra está siendo descartada como forma de acceso al poder, lo cual debe llenar de esperanza al pueblo que la ha sufrido, más aún cuando se vinculan todos los actores que se encuentran en rebeldía contra el Estado, en la perspectiva de buscar acuerdos para reintegrarse al pacto en el que estamos los demás y del que ellos decidieron retirarse.
La decisión de optar por las conversaciones de paz es de por sí un triunfo de la razón sobre la fuerza y no somos el único país del mundo en este plan. Basta mirar el “Anuario de procesos de paz” de Vicenc Fisas para enterarnos de que en los últimos treinta años, de los 112 conflictos allí analizados, cerca del 40% terminaron por vía de acuerdos de paz y solo 9,8 por una victoria militar; y también que la forma en que se conducen las negociaciones inicia por una fase exploratoria o de tanteo entre las partes, que de ser exitosa da paso a un acuerdo preliminar relativo a los aspectos sobre los que versarán los diálogos y la forma en que se desarrollarán, y luego se van obteniendo logros parciales hasta que finalmente se llega a uno general; que el año pasado por lo menos quince países se encontraban negociando la paz; y que algunos procesos de negociación se han extendido por diez años como en el Salvador, once en Guatemala e Irlanda del Norte, trece en Sudáfrica, Filipinas y Liberia, catorce años en Angola, ocho en Sierra Leona o cuatro años en Nepal.
Aspiramos a que el proceso con el Eln sea corto, más aún si se tiene en cuenta que los temas de víctimas, fin del conflicto e implementación serán atendidos con las mismas estructuras diseñadas en el proceso de La Habana.
Sin embargo, el país no manifiesta mucha esperanza porque se combinan varios aspectos coyunturales que no dejan ver la importancia histórica que tiene este panorama, buscado afanosamente por todos los últimos gobiernos, pero que se ensombrece con la difícil situación fiscal originada en la caída de los precios del petróleo y el incremento del valor del dólar, los efectos del Fenómeno del Niño; nada atribuible a las negociaciones de paz, pero sí achacadas al mismo gobierno que las preside, y por tanto con un particular efecto en la aceptación de los acuerdos. Lo sano es deslindar una cosa de las otras.
Tenemos que celebrar el inicio de los diálogos con el Eln, acompañarlos y apoyarlos, no obstante se escuchen voces de algunos sectores que pretendan deslegitimarlo exigiendo imposiciones propias de la derrota militar que aquellos no lograron y ahora exigen que se trate a los subversivos como si se les hubiera vencido.
El reto para el proceso de paz y para el futuro del país está ciertamente en la protección de los disidentes, de los luchadores sociales que ahora son asesinados y de los desmovilizados que terminen incorporándose a la vida política, razón de ser de la cesación de la búsqueda armada del poder; y, para ello resulta fundamental diseñar la forma de sacar de la escena a los neoparamilitares o posparamilitares, que manejan la economía de la guerra; y aquí es donde comienza el verdadero balance de más de diez años de aplicación de la Ley de Justicia y Paz, contra la cual conspira la astronómica ganancia de negocios ilegales como la droga y la minería criminal.
Bienvenidos los diálogos con el Eln, se acerca el fin de la guerra.
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