Juan Carlos Arias Duque


En la noche de los tiempos la violencia fue la forma en que nos defendimos de las pretensiones de quienes nos disputaban lo que considerábamos propio, la que con el correr de la historia fue cediendo ante la creación de las instituciones, logradas de pequeños acuerdos parciales entre los hombres y mujeres que fueron entendiendo que en torno de la autoridad podían ir despojándose de la ferocidad que en los primeros tiempos era necesaria, pero con el avance de la civilidad se convirtió en superflua y luego en señal de atraso.
La ferocidad y la agresividad son hoy signo de bestialidad. Y en ese dejar atrás la animalidad y evolucionar en pos de la perfección humana se han ido identificando objetivos o ideales, al punto que el perdón, ese desapego de la necesidad de venganza inicial, ha ido mutando: en principio la violencia generalizada y desmedida entre tribus y clanes dio paso a la Ley del Talión propuesta en el Código de Hammurabi y expresada en el Antiguo Testamento con la reciprocidad del “ojo por ojo y diente por diente”, luego teorizada y morigerada por los griegos, para más adelante ser llevada a la simple reparación económica por los romanos, y últimamente redefinida en la modernidad con la pena de prisión; hoy cuestionada por su inutilidad y por la indignidad que produce, al punto que el mundo comienza a cuestionar sus alcances y por tanto a flexibilizarla.
Y esta evolución ha sido posible precisamente gracias a la capacidad de los hombres y mujeres, a quienes por efecto de la gravedad, consecuencia de haber logrado caminar en las dos patas traseras de nuestro pasado cuadrúpedo, se nos amplió el cerebro, y por tanto fuimos creadores de la razón, y nos diferenciamos de nuestros abuelos simios al tener la facultad para hacer juicios morales, en lo cual se identifica la superioridad del humano sobre el animal, luego de habernos alejado de los instintos de supervivencia que nos imponían la agresividad y la ferocidad.
Por tanto, cualquier guerra refleja la superposición de pasiones animales sobre la razón; y, en cambio, la convivencia pacífica, la superación de las diferencias o el diálogo para evitar la confrontación o su continuación, son expresión de la maduración de la psique del hombre. Tal vez el olvido es una herramienta evolutiva que nos facilita la adaptación con mayor facilidad a la sociedad en la que la tolerancia y el respeto son los principales factores de convivencia.
No puede ser casualidad que las religiones conocidas como moralizantes más importantes de la historia de la humanidad, coincidan en los valores que pregonan: el desapego, la trascendencia y la compasión. De distintas formas enseñan, proponen y promueven tales fórmulas para una vida feliz.
El superhombre es aquel capaz del perdón, de la superación del resentimiento, del desapego a los miedos, a las emociones que le hacen daño tales como la avaricia, la venganza y la más letal de todas, la vanidad.
La lucha en la psiquis del hombre, entre la razón y las pasiones continuará, y por lo tanto, en esa capacidad moral de juzgar la realidad, la principal aspiración a la que podamos apuntar no puede ser tener más cosas, ni dominar al mundo, ni las leyes del universo, nada de eso tiene sentido si el hombre pierde de vista que su realización ontológica se consuma en la convivencia con los demás, de manera pacífica y feliz. Ya quisiéramos para nuestro país una inundación de razón, que limpie de una vez la sed de venganza, el miedo y la frustración. Es buen momento para soñar.
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