Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal * fannybernalorozco@hotmail.com
En estos días de tantos duelos y dolorosas despedidas para unos, para otros de esperas dramáticas, de preguntas, de reclamos, de rabias contenidas, de silencios y de lágrimas, he pensado en lo difícil que es aprender a vivir sin los seres queridos.
Especialmente, con aquellos que por los vínculos, el cuidado y el afecto forman esa gran urdimbre tejida con los hilos de las emociones, las enseñanzas, el humor, la enfermedad, el ejemplo, el dolor, las resistencias, el coraje, los conflictos, los silencios, las palabras, los gestos, los hechos, los encuentros, los desencuentros, los adioses, los nuevos comienzos, en fin, de todo aquello que nos ha permitido construir las historias que nos ayudan a ser y también a hacer.
El tiempo pasa y el recuerdo está presente en los actos cotidianos que antes hicieron parte de los hábitos o costumbres de la familia y que, luego con la ausencia, cobran una importancia simbólica diferente en la memoria de los sobrevivientes. Mirar hacia atrás, para narrar con la experiencia del hoy, los momentos de las despedidas y de la vida, como fuente para beber cuando llega el cansancio y aparece la tristeza.
Ir por la vida sin pá’, ni má’, es una orfandad que comienza cuando aparece la enfermedad, cuando hay que aprender a cuidar, cuando los roles se cambian. Es ahí cuando cada uno a su manera termina como niño a merced de los demás, cuando hay días de dolor y de esperanza, de noches largas, de llanto fácil, de aceptación y de despojo.
Los aniversarios o las fechas especiales son tiempo para extrañar, para expresar la falta. Son días para llevar a cabo algún rito que, además de evocar la imagen y la vida de nuestros seres queridos, es también un remedio más eficaz y poderoso para exorcizar el olvido.
Y es que hay infinitas maneras de tenerlos en la memoria, de homenajearlos. Por ejemplo para mi má’ florecen las plantas en la finca. Ella tenía una especial conexión con todo lo que sembraba, sus manos daban vida y, desde que no está entre nosotros, ese es nuestro sitio de encuentro.
Mi pá’ está en el aroma del café recién pelado, en los tangos que algunas noches de nostalgia escuchamos para hablar de él e invocar su presencia. Y de manera especial, en las enseñanzas que cada uno de ellos desde sus vidas y sus enfermedades han dejado como legado.
Y en estos meses de aniversario al mirar atrás ese pasado, comprobamos que hay tantos instantes tan presentes y tan nítidos, que no es posible dejar de pensar, imaginar y recordar a pá’ y a má’.
En esas fechas que sentimos su partida como despojo, es la oportunidad para reiterar que el amor no tiene fecha de vencimiento, que se sigue tejiendo a pesar de la ausencia y de la muerte.
* Psicóloga - Docente Universidad de Manizales.
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