Fanny Bernal Orozco


La muerte de los hijos a cualquier edad, es un golpe violento para los padres que con asombro y dolor transitan aquella que es una de las experiencias más difíciles, como es la de despedirse y dejar ir no solo una parte importante de su urdimbre afectiva, sino además las ilusiones y las metas que hacían parte del proyecto de vida personal y familiar.
La muerte de los hijos, es considerada antinatural para algunas personas, pues se supone que primero deben morir los abuelos y los padres, cuando sucede lo contrario, es una forma abrupta de cambiar las condiciones de una familia y en general de los dolientes que sobreviven a un asunto tan dramático.
Diferentes son las respuestas emocionales ante la muerte. Dolor, miedo, soledad, ansiedad, desapego por la vida, desorientación, padecimiento, aislamiento, culpa, rabia, sensación de vacío, aflicción por la pérdida del rol de padre, y en ocasiones deseos de venganza cuando en el fallecimiento están implicadas otras personas, además de sentimientos asociados con un alto nivel de estrés, dolores físicos, insomnio, inapetencia y reclamos a Dios, entre otros.
En los duelos hay emociones que pueden ser más fáciles de expresar, como el dolor a través del llanto, o del mal genio y la rabia, mientras otras como la culpa, impiden que los duelos se asuman, por lo tanto, de la culpa hay que hablar y en lo posible descargarla con alguien que sepa escuchar, así la historia se repita una y otra vez.
Cuando un hijo muere, no existe ni siquiera la palabra para calificar dicha desventura: “Se le llama viuda a una mujer que pierde a su marido. Se le llama viudo a un hombre que pierde a su mujer. Se le llama huérfano a un niño que pierde a sus padres. Pero no existe una palabra que describa un padre que pierde a un hijo, ¡así de terrible es la pérdida!” (Neugeboren 1976).
La muerte de un hijo, es una experiencia traumática y aniquiladora. Mariana, en un conversatorio de duelo, grita: “Quiero a mi hijo de vuelta, no entiendo por qué alguien le quitó la vida”. Ensueño dice: Si Dios existiera, no habría permitido que mi hijita muriera. Sergio, por su parte se ha encerrado en sí mismo y no deja que nadie se le acerque a darle consuelo.
Ha muerto un hijo y su risa y su música ya no llenan la casa, la vida jamás será la misma, algo se ha roto dentro del corazón de los sufrientes, se habrá también oscurecido el horizonte y la vida, así como el futuro que se había pensado compartir.
¡Ha muerto un hijo!
Psicóloga
Docente Universidad de Manizales
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