Fanny Bernal Orozco


Había una vez dos gemelos dispares. Uno de ellos era un pesimista terrible, un infeliz. El otro, el optimista perfecto, uno que siempre hallaba razones para estar contento. Los padres estaban muy preocupados por estas diferencias en sus hijos. Caracteres tan extremos les parecían una insensatez. Por lo tanto, en el siguiente cumpleaños de los gemelos, idearon un plan para equilibrar sus formas de ser.
Llenaron la habitación del pesimista con juguetes nuevos, tantos y tan variados como cupieron, y llenaron la habitación del optimista con estiércol de caballo. La mañana del cumpleaños, miraron en la habitación del pesimista mientras este se despertaba. El niño examinó los juguetes uno por uno y, luego, se echó a llorar.
-¡Estos juguetes son horribles! ¡El niño de al lado tiene juguetes mucho mejores!
Los padres se marcharon cabizbajos. Miraron en la habitación del niño optimista, que ya había despertado. El niño estaba sentado sobre el estiércol, riendo y batiendo palmas con gran regocijo:
-ja, ja, ja. No me engañaréis. Si hay estiércol, ¡tiene que haber un pony también!
Tomado de la revista, Mente Sana, número 39.
Tener y mantener contentos a los hijos, cuya actitud más sobresaliente es la de recibir, es todo un aprendizaje emocional, ya que nada les sorprende, ni les gratifica. En una sociedad como ésta, en la que el consumo es un acto cotidiano a través del cual se cree saciar la ansiedad y enmascarar las carencias, es frecuente encontrar hogares en los cuales se echa mano de los actos de comprar, y obsequiar muchos regalos que con seguridad ni siquiera los van a disfrutar. Los padres de manera equivocada consideran que el costo económico está relacionado con el tamaño de su amor y al asumir esta creencia, una y otra vez repiten las mismas actitudes pretendiendo que tantas dádivas van a calmar los berrinches de los hijos.
No obstante, están equivocados, el ansia de tener no se contiene, y por el contrario se alimenta es un círculo vicioso, porque en vez de disfrutar de lo recibido, se comparan con otros, vecinos y familiares, actitud, en la que invariablemente se ven como perdedores. No siempre se tiene un hijo optimista que disfrute y agradezca.
Y cuando los padres buscan ayuda, dicen: ‘no sé qué le pasa a este hijo, si le he dado todo y más’. No se dan cuenta de que hay seres que no se sacian con nada y así crecen y van por la vida, con la falsa creencia de que el tener es lo más importante en sus vidas. Jamás se han detenido a pensar en cómo está su ser interno, si estas actitudes lo que han hecho es disfrazar su verdadera esencia y además aplazar su conocimiento personal y crecimiento emocional.
Se equivocan los padres que creen que parte de su responsabilidad es comprar y comprar. No se dan cuenta de que es muy difícil saciar la avidez. Poco a poco con conductas como éstas se van configurando esos hábitos, los cuales mediante una constante actitud manipuladora, socavan la poca o mucha paz emocional que se viva en cualquier hogar, y ese es, precisamente el precio que se paga por algunas relaciones, costo emocional, económico y de pareja.
No es fácil que alguien se sienta parte de la familia cuando solo está en actitud de recibir, también hay que aprender a dar y a compartir, ello permite generar responsabilidad, empatía con los otros, aprender a escuchar las necesidades y los sentimientos ajenos, acciones todas que fomentan la disposición para preocuparse por los demás y así quizás aprendan a dejar de verse como el centro del universo.
De igual manera, hay que reflexionar acerca de las culpas, muchos padres consideran que no son los mejores porque su meta primordial no es satisfacer los caprichos de los hijos y de manera sensata ponen límites; precisamente a ellos hay que decirles que tallar y frustrar son también actos de amor, que ayudan en la crianza a que sus niños no tengan que pagar más adelante altos costos emocionales y económicos por el hecho de vivir creyendo que solo vinieron al mundo a recibir.
*Psicóloga
Docente Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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