Señor Director:
En el Correo de los lectores de LA PATRIA del 23 de febrero aparece un comentario, suscrito por Euclides Manrique, con un título que pretende ser ingenioso (“Adjetivos con H…”). La parrafada es tan insulsa, tan pobre en el fondo y en la forma, que me he preguntado, antes de escribir esta glosa, si valía la pena hacerlo.
El señor Manrique se despacha contra " los palacios, templos, iglesias y basílicas con derroche de lujos sostenidos con donaciones financiadoras de la salvación…”. ¡Vaya, vaya! Sí, señor Manrique, la Iglesia Católica ha construido a lo largo de los siglos hermosos templos para que sean los recintos en que se dé gloria a Dios y en que la comunidad se reúna para rendirle culto.
Y esos templos, los más hermosos y los que constituyen auténticos tesoros del arte y expresiones admirables de la belleza, son y seguirán siendo prez y honra de la misma Iglesia y de la humanidad toda.
El resto del libelo que estoy comentando se reduce a afirmar que, por despilfarrar en edificaciones suntuosas los caudales pedidos a los feligreses, la Iglesia no hace nada por los pobres y se empeña en mantenerlos “dando gracias a Dios por su pobreza…”. Se necesita adolecer de ignorancia o de malicia para insinuar semejante infundio. Quien lo hace, con seguridad no conoce la doctrina social de la Iglesia; con seguridad no ha leído los numerosísimos documentos del Magisterio de la Iglesia; con seguridad no se ha asomado a las normas con que la Iglesia Latinoamericana nos compromete en una opción preferencial por los necesitados. Porque no son solo las enseñanzas y las normas. Son las obras, son los hechos los que acusan de falsedad y de mentira lo que Manrique afirma. Ninguna institución en el mundo, a lo largo de los siglos, ha tenido compromiso efectivo y real en favor de los pobres como la Iglesia. Y ningún organismo -puede esto probarse con cifras y datos estadísticos- hace hoy por ellos lo que hace la Iglesia. Que, entre otras cosas, asume como propias tareas que deberían cumplir los estados.
Con grandes organizaciones de caridad, como Charitas o Cor Unum, la Iglesia siempre ha vivido el ejercicio de la caridad como una de las exigencias de la vida cristiana. Cuando el emperador Juliano el Apóstata emprendió la persecución contra los cristianos, declaró que lo único que admiraba de ellos era su actividad caritativa. Órdenes y Comunidades religiosas han surgido en la Iglesia, y perviven en ella, con el propósito fundamental de servir a los cautivos o esclavos, a los pobres, a los huérfanos, a los ancianos sin amparo.
En la Edad Media -época de la construcción de muchas de las hermosas catedrales-, proliferaron los hospitales de la Iglesia, algunos destinados específicamente a los afectados por enfermedades incurables y contagiosas. Hoy, en los continentes africano y asiático, donde la lepra hiere a muchísimas personas, la Iglesia tiene cerca de 600 leprocomios. Los primeros orfanatos que existieron en el mundo fueron obra de la Iglesia. En el año de 1240, bajo el pontificado de Inocencio III, el hospital Santo Spírito in Saxi de Roma fue el primero que inventó los “tornos” para que en ellos fueran dejados anónimamente y recogidos esos pequeños.
Invento que rápidamente se adoptó en conventos, monasterios, instituciones diocesanas. Héroes y gigantes de la caridad fueron San Juan de Dios, el primero que actuó con categorías modernas en la atención a los enfermos, y puede por eso considerarse como el creador del hospital moderno; san Camilo de Lelis, iniciador de una obra que es precursora de la Cruz Roja Internacional; San Vicente de Paúl, cuya vida y obra portentosas y cuyas fundaciones perennes tuvieron y tienen como único móvil el servir a Jesucristo en la persona de los pobres, y que movilizó en su época un verdadero ejército para el socorro de todas las formas de miseria y sufrimiento.
Don Euclides Manrique debería saber que instituciones que más o menos directamente dependen de la Iglesia católica, como Charitas Internacional, Manos Unidas, Ayuda a la Iglesia que sufre, Cor Unum, y un no pequeño etcétera, movilizan y dispensan más ayuda a los pobres que organismos como la ONU, o el BID, o el FMI. Yo podría darle datos, muchos datos concretos; le podría informar, por ejemplo, que la Aid to the Church in Need financia actualmente más de 500 proyectos de ayuda a los pobres en 150 países; o que Cor Unum, que es el brazo de la caridad del Santo Padre, ha enviado en los últimos dos años más de mil millones de dólares para asistir a las víctimas de la crisis en Siria.
Él debería saber que más del 80% de los orfanatos y ancianatos que existen, especialmente en Asia y África, y el 90% de los que hay en Colombia, han sido fundados y son sostenidos por la Iglesia, a través de fundaciones diocesanas o de Comunidades religiosas. Debería saber que, entre nosotros, la mayoría de las Arquidiócesis y Diócesis ofrecen hogares de paso en los que reciben asilo, alimentación y otros cuidados los que son víctimas de desplazamientos o viven en la calle. Debería saber que una buena parte de las diócesis colombianas tienen organizado el Banco de alimentos, que brinda ayuda a numerosas instituciones de caridad. Don Euclides nada sabe de todo esto… Y tal vez eso sucede porque la Iglesia no pregona al viento su acción caritativa; porque aplica la enseñanza de Jesús: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”, porque el bien no hace ruido ni el ruido hace bien.
Mario García Isaza
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