
Fernando-Alonso Ramírez
LA PATRIA | Manizales
Una oración, de Jorge Bergoglio, tres días antes de ser papa, y un cuento -bueno, parece un cuento- sobre la estadía en la cárcel de Giacomo Casanova y su fuga dan la bienvenida a los lectores de la novela El hombre que no fue jueves.
Es difícil escribir sobre un libro premiado, del que seguramente se ha escrito más de lo que se lo ha leído. Es difícil porque uno entra prevenido a sus páginas. Algunos, para verificar su convicción de que si fue premiado es un gran libro; otros, para verificar si hubo algo sospechoso en eso de seleccionar entre los tres primeros a los autores menores de 40 o que justo esas finalistas no tuvieran ningún tema relacionado con nuestra violencia, tal y como lo resaltaron los jurados en su acta, según las menciones a ella que hemos podido leer en el Premio de Narrativa Colombiana de Eafit. Esas coincidencias dejan sinsabores que nunca se resolverán como en cualquier concurso.
Lo otro es que para saber si tenía mérito el libro publicado como ganador, según los ojos de cada lector, hay que leerse los otros 10 que llegaron a la semifinal. De esa manera podrá realmente hacerse un juicio sobre el premio. Por eso prefiero hablar de la novela sin relación con su ascenso a los altares.
Juan Esteban Constaín es un buen historiador y un hombre ilustrado, de fino humor, el cual se deja ver en sus obras tan italianas, como Calcio y ahora esta, que se desarrolla entre Venecia, en Carnaval, y antes en épocas de Casanova, para llegar a la Roma del Duce, el Vaticano de Pío XI, de Juan XXIII, de Benedicto XVI, de Francisco, todos piezas clave en la santidad reconocida a Chesterton, pero negada.
De este polifacético intelectual inglés escribió Phyllis Dorothy James, la célebre autora de novela negra, que era un hombre de letras. De ahí tal vez devenga la admiración de Constaín por ese creador de paradojas, pues también a eso aspira el colombiano.
Esta novela puede aburrir por momentos, pero no muchos. Avanza entre el supuesto diario desconocido del autor inglés y las elucubraciones de un suramericano que ayudó a entender a la Santa Sede el llamado anglosajón, letra antigua inglesa, llamada bárbara por los italianos del libro. Entusiasma el saberla corta. Tiene las páginas que necesita, incluido el cuento inicial de Casanova, que es la introducción para mezclar pecado y virtud y señalar una constante en todo el libro, las dualidades, rivales y complementarias.
Casanova se enfrentó a su carcelero, Lorenzo, al que intentó involucrar como cómplice de su fuga, pero se completó con el monje Balbi. Aparecen allí Xul Solar y Macedonio Fernández, dos genios, que fueron tan iguales que al conocerse se odiaron; Bioy Casares y Borges, que siempre anduvieron de la mano; Cinzia y el narrador, quien se hizo llamar Thrillington, el seudónimo que usó Paul McCartney, el Beatle que se enfrentó a Lennon; Gilberth Keith Chesterton y ese gran amigo suyo con el que siempre rivalizó en la opinión, George Bernard Shaw; y, por supuesto, una rivalidad negada, pero a ojos vista: Ratzinger y Bergoglio. Todo ello para mostrar la mayor de las dualidades, el bien y el mal.
No me corresponde contarles cómo es que suceden y llegan a la novela todos esos personajes, algunos fugaces, otros excusas para contar algo más y otros indispensables para entender la historia. Deben leerla, al fin y al cabo, fue premiada en tal vez el mejor de los momentos de producción en la literatura colombiana. Algo le vio el jurado, que no estaba conformado por ningún pintado en la pared. Así que como lo dijo Casanova: Fata viam invenient, el destino siempre encuentra su camino. Y los libros, a sus lectores, bien por méritos o por mercadotecnia. Léala y decida cuál es el camino de esta obra y de su autor.
CONSTAÍN, Juan Esteban. El hombre que no fue jueves. Random House Mondadori.
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