Alba Nelfy Bernal | LA PATRIA
“Cuando abran tabernas, bares y cantinas, nos vamos toda una noche a escuchar salsa”, esta fue la última cita que nos pusimos Martha y yo, hace unos 10 días, porque escuchar y bailar salsa clásica, bolero son y son cubano eran algunas de sus pasiones.
Milonga para una niña, Hay fuego en el 23, Siempre alegre, Triste y vacía, Héctor Lavoe, Benny Moré, Frankie Ruiz, Compae Segundo, Celia Cruz, Daniel Santos, temas y cantantes, hacían parte de una larga lista de sus canciones preferidas, pero también se solazaba con tonadas argentinas, y entre sus favoritos estaba, Cuartito azul, tango interpretado por Ignacio Corsini.
Ella además era amante del teatro. No perdía Festival Internacional de Teatro de Manizales y también se dejaba seducir por la cadencia de la poesía. En fin, disfrutaba de todo lo que tuviera que ver con cultura y artes.
Por allá, a principios de la década de los 80, conocí a Martha. Todavía estaba en la Universidad. De su mano y por sus relatos conocí a su entrañable Riosucio, El Encuentro de la Palabra y por supuesto el Carnaval. Ella me fue llevando por todos aquellos rituales: decretos, alboradas, desfiles de cuadrillas y la entrada de ‘su Majestad el Diablo’, para solo nombrar algunos. Por ella aprendí a amar esa maravillosa fiesta.
Había que verla cómo se transformaba cuando escuchaba el himno del Carnaval, era la locura. Juntas corríamos por calles y parques y nos embriagábamos de Carnaval. Desde aquellas calendas, sin ser riosuceña, religiosamente cada dos años La perla del Ingrumá me recibe como si fuera mi casa. Hoy Riosucio está triste y el Carnaval y el Encuentro nunca serán iguales, sin su menuda presencia.
Juntas conocimos a Benhur en Kien, taberna muy de moda en aquella época. Él nos envió a la mesa sendos tragos de ron y así comenzó ese romance, que terminó en matrimonio un 19 de noviembre de no sé qué año. Lo que sí tengo muy presente es que él decidió comprar La Galería, una taberna ubicada en el primer piso del edificio Cervantes, sitio exclusivo de salsa, en el cual ‘su Martha Lucía’ pudiera escuchar siempre lo que quisiera, la música que tanto veneraba.
Martha siempre fue rebelde, irreverente, contestataria y no le rendía culto a nada ni a nadie. Cuestionaba al estamento, a sus dirigentes y la inequidad de este país. En las movilizaciones de noviembre, estas calles manizaleñas nos volvieron a ver acompañando la protesta.
Pero este descontento con la clase dirigente, en todo caso, no le impidieron jamás, respetar y amar entrañablemente a doña Cruzana, su mamá; ser crítica y noble con sus hermanos; querendona y cómplice con sus sobrinos, compresiva y paciente con Benhur; mimosa con Simón, su gato e incondicional y constante como amiga.
Martha, amiga, la cita queda ahí.
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