El pasado 20 de abril estuve en su cumpleaños 90. Al saludarlo, nuevamente sus bellos ojos azules me atrajeron como un imán. Como siempre, afectuoso y cercano. Siempre me decía “Ricky Ricardo”. Arturo y Lucía tuvieron una profunda amistad con mis papás, Mario y Edelmira, por más de 50 años. La vecindad de tres décadas en el barrio Palogrande forjó una unión indisoluble entre las dos familias.
Arturo fue un médico generoso y acertado. Atendió en su larga vida profesional a miles de personas sin cobrar sus honorarios. De esa generosidad nos beneficiamos todos en mi casa, pues siempre, a cualquier hora, contamos con su cuidado médico.
Dos características brillaban en él sin hacer el menor esfuerzo: el gran amor por su esposa, Lucía, y una profunda fe cristiana.
Sus hijos Arturo, Gabriel, Lucero, Patricia, Martha, Bernardo, Édgar, Adriana y Julio serán siempre nuestros hermanos.
Ricardo Correa Robledo
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