El maestro Pedro Bonivento Fernández zarpó de su natal Santa Marta, surcó su mar territorial y con la proa adelante buscó las alturas, divisó una colina desprendida de la Cordillera Central y en un altozano mínimo dijo ¡esa es! Y aquí sembró su planta para su fortuna y la nuestra. Hizo sus estudios de medicina con las mejores calificaciones, a medida que pasaban los días se acomodaba mejor al fresco aire de nuestras montañas y afirmó su romance con nuestra universidad y sus íntimas aspiraciones. De tantos senderos para llegar al ser humano doliente escogió el alivio del dolor y/o la supresión temporal para que los cirujanos tranquilos y seguros conduzcan el bisturí bienhechor. Se adentró en los aspectos científicos de su quehacer profesional, de las mejores técnicas, de la oxigenoterapia profunda, de la relajación muscular cierta y completa, para hacer de la anestesia un procedimiento más seguro y de reversibilidad pronta. Por cuatro décadas se dedicó a la docencia, compartió sus conocimientos, acicateó el estudio y la investigación. Famosas fueron sus “clínicas”, corregía sin ofender, azuzaba sin malherir y los que pasaban por su lado no eran residentes, personas en entrenamiento o estudiantes, sino colegas en trance de saber más. Pedro era un maestro, un señor, un motivador en el más amplio sentido de la palabra. Sabía hacer de sus conocimientos la lámpara sobre el celemín y no el azote ni el látigo sapiente y lesivo, no, los empleaba con respeto para que los discentes sacaran el mejor provecho de los éxitos y de las dificultades. Amó tanto a Manizales que se convirtió en finquero y cafetero, nuestra arisca tierra le debió impregnar hasta el ombligo para asumir voluntariamente el áspero camino agropecuario. Con Marta, su esposa, formó su hogar con tres hijos a quienes prodigó su talante, sus principios y su afición por el mejor conocimiento cada día. Ser su paciente era contar con un amigable compañero en la enfermedad o en el procedimiento e, incluso, una oportunidad de disfrutar de su jacarandosa carcajada. Por el país andan regados centenares de anestesiólogos formados en los aleros de la Universidad de Caldas y su facultad de Medicina, con el empuje de Gómez Calle, de Pedro Bonivento y Bernardo Campo, entre los primeros que dieron pie y firmeza a la reciente especialidad, abonada por la simiente del estudio, la ambición innovadora y el sentido humanístico real y verdadero que aquí les inculcaron. Su tesis de grado sobre anestesia peridural en cirugías abdominales es un bello trabajo científico que lo debemos encontrar en los anaqueles imaginarios o reales de la Academia de Medicina de Caldas. Pedro buen amigo y compañero, añoramos tu partida, mas sabemos que por el cielo andarás repartiendo bondadosos efluvios para solaz de tus eternas compañías.
Jahir Giraldo González
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