Sebastián Daza F


Hoy no hay gloria, la patria es marcescible
Tampoco hay júbilo, el dolor es mortal
La horrible noche nunca cesó
Y en vez de auroras, se derrama sangre.
Hoy el país se encuentra atravesando una nueva epidemia, un virus tan mortal como aquel que acaba con la vida de las personas en las unidades de cuidados intensivos, pero a diferencia, este brote mata en las calles y durante mucho tiempo mató en los campos y la selva. Colombia lleva padeciendo este mal durante décadas, este virus mata con su silencio cómplice desde su burbuja de comodidad, igual que otros virus se puede transmitir de boca a boca intolerante, se alimenta de desinformación, sesgo y extremismo político, inhibe la empatía y la capacidad de ver los problemas de fondo del país, el virus es la indiferencia y la enfermedad que padece Colombia se llama violencia.
Colombia se encuentra en cuidados críticos, agonizando en cifras de violación de derechos humanos, abusos policiales, desapariciones forzadas, violencia sexual, asesinato de civiles. Nos encontramos frente una oportunidad histórica ante el grito de un pueblo que pide ¡No más corrupción, no más desigualdad! un pueblo que clama por la vida y el respeto hacia el otro, un pueblo en búsqueda de la dignidad ante la ausencia de políticas educativas que respondan al justo derecho y a la falta de oportunidades. Colombia por fin despertó y usted querido lector no puede ser indiferente con el que está luchando por los derechos y dignidad que históricamente se nos han negado, mientras usted lee esta columna seguramente hay colombianos que están dejando la vida por garantizarles mayores oportunidades a sus hijos y las generaciones venideras. Es por ello que la indiferencia de otros ciudadanos duele, duele en el alma cada vez que un colombiano violenta a otro, y como médico no puedo ser indiferente ante la insensibilidad frente al descontento social, la apatía frente a la muerte, duele escuchar de otros colegas galenos (quienes juraron ante Hipócrates defender la vida sin importar su postura política o social) pedir las vías de hecho como si los problemas sociales de este país se solucionaran con mayor violencia, mientras el país del Sagrado Corazón de Jesús se desangra, muchos cristianos parecen haber olvidado que toda vida es sagrada y en vez de ello deciden a qué muertos llorar y a cuáles condenar, lo que nos deja claro que no hemos aprendido nada de nuestra historia, violenta, republicana y bananera.
Hoy me duele el desaparecido y el violentado, el policía y el vándalo. Me duele también elvandalismo, sobre todo contra pequeños comerciantes, pero no por ello debemos dejarnoscontagiar de más violencia e indiferencia selectiva, jamás una pared rayada, un vidrio roto,una vía bloqueada justificará la muerte de otro ser humano. Admiro a esos colombianos queoptaron por vacunarse contra la indiferencia y ahora se contagian de dignidad, de resistencia,arte y respeto por el otro, pues el acto de revolución más grande frente a la violencia es labúsqueda de la paz. Colombia necesita recordar hoy las enseñanzas de Gandhi: “No hay caminos para la paz, la paz es el camino”.
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