Santiago Castellanos


El factor más preponderante dentro del desarrollo de una sociedad es la educación, de ella no solo dependen los conocimientos técnicos y disciplinares para insertarse en el mundo laboral, sino algo más importante aún, que es la formación en ciudadanía, la capacidad de trabajar con otros y poner en escena los valores.
A pesar de lo anterior, Colombia ha relegado durante décadas la educación al no contar con políticas públicas como pilares fundamentales en un proyecto nacional que sea integral, con un presupuesto robusto. Por ahora, solo se pueden resaltar algunos programas sin articulación como De Cero a Siempre, Ser Pilo Paga y Generación E, las acreditaciones de Alta Calidad de las Universidades o Escuela Nueva.
El nuevo presidente de Colombia (al escribir esta columna no se conocían los resultados de la segunda vuelta), deberá hacer una gran apuesta por la educación. Lo primero, es profundizar la política por la primera infancia. Una gran apuesta de Fecode es la creación de los 3 años de preescolar en todos los colegios públicos, ya que en la actualidad solo es obligatorio un año transición. Este trabajo con la primera infancia debe incluir un programa de alimentación tanto en la escuela como en el hogar todos los días del año, algunos estudiantes bajan de peso en los periodos de vacaciones, un país que no cuidad a sus niños está condenado al fracaso.
Segundo, contemplar la creación de una nueva ley general educación. La ley vigente es la 115 de 1994, pensada para las necesidades de hace 30 años. Ahora se evidencia que la mayor deficiencia de la educación colombiana es la calidad de la educación básica y media, pues Colombia obtuvo en las pruebas PISA de 2019 un puntaje de 412 puntos en lectura, 391 en matemáticas y de 413 en ciencias, las tres por debajo del promedio de la OCDE. Así mismo, los bajos niveles en lenguaje y matemáticas obtenidos en las pruebas SABER 11, antes ICFES, sugieren la necesidad de una construcción amplia sobre las soluciones al problema de la calidad, que incluya a expertos en educación, a directivos, a docentes, familias y estudiantes, pero más que pruebas el mundo de hoy necesita otra mirada más humana, más empática, más conectada, lo que la educación de hoy no ofrece.
Tercero, mejorar los ambientes de aprendizajes. Por un lado, es antipedagógico grupos de 40 o 45 estudiantes y, por el otro, el pensamiento y el aprendizaje no pueden verse de manera fragmentada si se pretende mejorar la calidad de la educación; por ello, es fundamental crear unidades de conocimiento amplias y buscar que lo que aprendan los estudiantes sea útil en la solución de problemas de los contextos de actuación de los estudiantes. Los jóvenes de bachillerato ven entre 15 y 20 materias, los profesores poco o nada hacen para transversalizar contenidos, cada docente es rey de una pequeña isla y los estudiantes deben navegar de isla en isla sin un mapa.
Finalmente, mucho se habla del aumento del presupuesto para la educación, el cual está cercano a los 4 billones de pesos. Es importante tratar de doblar esta cantidad y destinarla a mejorar los servicios básicos como el acceso al agua en las escuelas rurales, las dotaciones para los salones como televisores y sistemas de audio, laboratorios, salas de sistemas, libros de texto, de literatura, diccionarios, salones especializados como laboratorios y salas de sistemas. Todas estas dotaciones, que no se encuentran en los colegios públicos del país debido a que el único recurso de la mayoría es un tablero, según investigaciones como las del Phd Harvy Vivas (2007), tienen alta incidencia en los resultados escolares.
Nada de lo anterior será fácil, pero es un paso fundamental para lograr un salto para mejorar el futuro de Colombia y salvar su educación, así que, presidente, haga su tarea.
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