Pbro. Rubén Darío García

Los criterios del mundo se oponen a los criterios de Dios. Pensar según los hombres, es contrario a pensar según Dios. El que pierda su vida la encontrará y el que quiera ganarla, la perderá. Quien quiera seguirme –dice Jesús- renuncie a sí mismo.
Los discípulos de Jesús no alcanzan a comprender por qué su Maestro debe padecer mucho por parte de senadores, sumos sacerdotes y letrados. Les resulta escandaloso pensar que el Mesías tuviera como meta de su vida la cruz. Difícil que se abra el entendimiento para aceptar que por esta cruz llegará la victoria sobre la muerte.
Los auténticos seguidores de Jesús están dispuestos a dar la vida por su Maestro, porque: “No hay mayor amor que dar la vida por sus amigos”. Despojarse de sí mismos, dejándose desinstalar de la propia comodidad en defensa de su vida, es requisito fundamental para hacer parte de su escuela. Morir por Él se convierte en la mayor de las glorias que un creyente pueda desear: “A ustedes se les ha dado la gracia no sólo de creer en Jesús, sino también de sufrir por Él (Heb 1,29).
Los criterios del cristianismo son absolutamente nuevos comparados con la concepción de la vida del mundo pagano, tanto en el tiempo de Jesús como en nuestros días. El individualismo impuesto por una sociedad de consumo, la pérdida del sentido de la vida, la hipocresía religiosa, la tiranía de la corrupción son consecuencia de una mentalidad hedonista, arrogante y superficial contraria radicalmente a la propuesta de vida que ofrece Cristo.
Quien acepta esta escandalosa llamada del Hijo de Dios entre nosotros, deja todo lo que tiene y asume el riesgo de la Fe. Está dispuesto a “perder” su vida con la certeza de alcanzar la plena felicidad. Sabe que le espera más la sal de la provocación que la miel del aliciente, pero es consciente de que así es como un convertido a Cristo actúa en su cotidianidad, con la convicción de que la Palabra de Dios es tan contraria a los valores del mundo que ocasiona, infaliblemente, la persecución contra quien la pregona con autenticidad. Dice el profeta Jeremías: “La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”.
Los hechos actuales en todo el mundo nos imponen que seamos verdaderos testigos de Cristo con la parresía del apóstol. Cada uno de nosotros está llamado a ser hostia viva, santa y agradable a Dios: Renunciar a ajustarnos a los criterios del mundo y asumir la coherencia y consistencia de nuestros actos conforme a nuestra Fe, con la responsabilidad de discernir y optar por la Voluntad Divina, lo bueno, lo perfecto.
En el neopaganismo generalizado de hoy, Creer en Cristo es un reto personal y seguirle es un acto heroico. Aceptémoslo y seamos los héroes que estamos en mora de ser, vivamos en cada acto e idea nuestra Fe Católica. Ganar la vida perdiéndola, he ahí nuestra conversión.
Jeremías 20,7-9; Salmo 63; Romanos 12,1-2; Mateo 16,21-27
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