Pedro Felipe Hoyos Körbel


De nuevo interviene de manera positiva Mauricio Calderón Sáenz las letras caldenses. Hace dos años le obsequió a Caldas una antología de columnas y versos de su abuelo, el famoso columnista Tomás Calderón, también conocido por su seudónimo “Mauricio”, y el mes pasado mandó publicar el poemario de su padre Diego Calderón, que permanecía inédito hace más de 40 años. Para mí ha sido un placer y un privilegio servir de escudero a este verdadero quijote que hace tanto por esas generaciones que ya no existen y a la vez hace tanto por los jóvenes, porque comparte con ellos la literatura que debe salvarse del olvido.
Con la antología de Tomás Calderón organizamos un concurso literario en el Colegio Instituto Manizales, el último faro que quedó de San José. El mismo día en que se premiaba por la mañana a cuatro estudiantes cuyos trabajos sobre Tomás Calderón fueron sobresalientes, en la noche se presentó el poemario. Este sistema de concurso para promover a un autor que ya no está por ganar premios o vender libros, es muy interesante; personas jóvenes se colocaron en la tarea de leer, analizar y escribir sobre este autor, expresando sus ideas e impresiones. El apoyo de las profesoras Catalina Galindo, Luz Marina Marulanda y Patricia Soto, del rector Francis Rodrigo Otero Gil y el coordinador académico Ricardo Ocampo, quienes sin anteponer requisitos o exigencias acogieron la idea, fue esencial para fundamentar este oportuno homenaje.
Procuro entender la filantropía de Mauricio Calderón y me lleno de gozo cuando veo el gusto y la satisfacción que siente al ver impresos los libros de hombres que han marcado su vida. Más de una puerta se tocó con el afán filial de no permitir que el olvido devore a sus ancestros y las respuestas fueron desalentadoras, no quedándole más remedio que acudir a un editor de provincia para cumplir con la misión de no dejar perder ese legado. Admiro el desprendimiento de Mauricio que no escatima costos y exige los mejores materiales para sus trabajos, y va cultivando un jardín donde buenos lectores encontrarán solaz. Da este hombre, que estudió derecho en la Universidad de Caldas con Humberto de la Calle, ejemplo de una virtud que tiende a desaparecer: respetar el pasado, ser consciente de una tradición. Pienso en la actitud de Mauricio y se me ocurre Roma, imperio donde la tradición y el cuidado de ella eran parte primordial de su religión. El heredero tenía que alimentar en el sentido literal a sus ancestros, ya que estos muertos dependían de los vivos y solo así ellos podían asistir y favorecer a sus descendientes. Un sentido de familia que trasbordaba dos mundos. No hay vanidad en esto y ¡cómo sería este mundo si más descendientes se tomaran la tarea de alimentar a los muertos para que ellos pudieran hacer mucho más por las generaciones venideras! Es alimentar una raíz para que el árbol responda con una satisfactoria cosecha.
La metáfora de la cadena es muy bella, porque muestra la fuerza y la continuidad que surge cuando los eslabones dispersos adquieren unidad. El hombre es padre e hijo a la vez, se debe a lo que pasó y adquiere vida en lo que viene. Su misión es hacer todo lo posible para que la vida no sea interrumpida, pues la cadena es tan fuerte como su más débil eslabón. Es lo contrario al individualismo, es lo colectivo lo que nos hace fuertes e útiles.
Veo a Mauricio como un herrero que empata libros con fuerza en un yunque imaginario, tratando de que nuestra tradición y cultura no se vayan a un abismo. Es un luchador discreto que siente el peso de los que lo antecedieron, pero sueña con un mundo mejor y en el fondo Mauricio es un personaje al cual su abuelo, con gusto, le hubiera dedicado una columna, esas de 60 Minutos.
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