Pedro Felipe Hoyos Körbel


Me pregunto si los miles de turistas que recorren al año las calles irregulares de Villa de Leyva comprenden el sitio que recorren. Esa población es tan diferente, nadie lo duda, y tal vez por eso logra captar la atención y el interés de la gente.
Villa de Leyva es una de las poblaciones con un conjunto arquitectónico más completo, data de la Colonia, una época que pocos logran recrear como parte de esta nación y eso bajo el pretexto de hablar de épocas de “españoles”, como quien dice de una gente extraña que alguna vez estuvo viviendo en este territorio. En el ideario de los colombianos hay españoles y arquitectura colonial, pero no sabemos ubicarlos, ni si fueron buenos o malos, y tampoco entendemos nuestra relación con ellos.
Sin embargo, estos hombres del siglo XXI recorren las mismas calles empedradas que recorrieron los pocos miembros del Primer Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada y que eligieron a don Camilo Torres como su primer presidente de ese embrión de Estado en 1811. Ese dato recargado de significado democrático igualmente queda flotando sobre las desgastas piedras de sus vetustas calles y sus blancos muros cubiertos por tradicionales aleros. Estas calles dan testimonio de la Independencia, mas los turistas de costosas cámaras fotográficas no se dan cuenta que es la vida misma la que dicta la historia, y no complejos tratados impresos en libros.
La Independencia está presente en ésta ciudad española enclavada en la tierra de los muiscas en la casa donde murió don Antonio Nariño, el gran antagonista de Camilo Torres y razón por la cual este primogénito congreso no se pudo llevar a cabo en la capital del tambaleante Nuevo Reino de Granada. Y está la casa, está vez natal, del extraordinario Antonio Ricaurte, el héroe de San Mateo, aquel que voló en átomos y que invocamos en nuestro sonoro himno nacional.
Pero como pensar dialécticamente les es tan difícil a estos personajes ejecutivos de nuestra trivial época, que hasta el hipotálamo lo deben tener pequeño, no caen en cuenta de que este valle fue parte esencial del mundo muisca. La Laguna de Iguaque, en la cercanía de Villa de Leyva, tiene connotaciones paradisiacas ya que de ella sale Bachué y el niño a poblar el mundo y después de cumplida esa misión regresan a la laguna con forma de culebras.
En cada esquina la historia les habla a grupos de hombres sordos en ropa deportiva, los cuales, en vez de conciliar su pasado, pisan la historia y despotrican de lo disfuncional que es nuestra democracia. ¿No se dan cuenta que pasaron por los predios de los muiscas, estuvieron en la Colonia y estuvieron presentas donde ese ciclo histórico concluyó ya que la República es convertirá en 1819 en un hecho debido a una batalla que se ganó a unos pocos kilómetros de allí? ¡Lo más complejo es que, no se dan cuenta que ellos son la continuación de esa cadena que amalgama a muiscas, españoles y africanos, para finalmente establecer colombianos!
Es esta masa de gente la que impulsa la economía del turismo, a la cual les es igual visitar un santuario de su raza o ir a un centro comercial.
Una vez montados en sus carros comprados a crédito y de regreso a sus casas logran solamente decir que les pareció muy bello ese lugar, el cual hace años no visitaban. Aflora un sentimiento de empatía con la belleza visible de España en América que hicimos nuestra, pero de emoción no pasa. Adquirir conciencia, reflexionar, inclusive repasar un libro para comprender les es ajeno. ¿Se arrepentirá don Andrés Diaz Venero de Leyva, presidente de la Real Audiencia, de haber mandado fundar en el año 1572 este pueblo para darle un asiento a una descendencia tan trivial e ingrata?
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