Pedro Felipe Hoyos Körbel


Colombia debe ser un caso muy especial dentro de las naciones, porque es uno de los países que más espacio ha perdido en su historia. Desde 1831, que dejamos de ser la Gran Colombia para llamarnos República de la Nueva Granada, cuyo primer presidente fue el gran general Santander, a hoy, alrededor de 32% de los terrenos patrios pasaron a manos vecinas. Lo de Nicaragua tiene una triste y alarmante tradición. Con señalarles culpas a los políticos y diplomáticos no basta, es de más provecho analizar este fenómeno desde el concepto de patrimonio. El colombiano es un personaje que percibe a su país, del cual se enorgullece, solo en unos límites regionales. Para el caldense promedio, Colombia es Caldas, ciertos departamentos vecinos y por supuesto Bogotá. Lo que suceda en el Chocó o Putumayo se le escapa, no lo sabe y no le interesa, porque cree haber cumplido viendo a Colombia en el terruñito que él ama. Colombia pierde sus terrenos en la periferia, nunca en el centro, porque solo vemos la cordillera y su antesala que es la Costa Caribe. Carecemos de elementos para elaborar un concepto completo y grande de Colombia. Amamos a nuestro país, nos consume una gran pasión, pero nos equivocamos de objeto, nos quedamos en la comarca. El resultado es obvio: las zonas del cuerpo, para usar una metáfora médica, que no son irrigadas con sangre se mueren, las perdemos.
Hago este pequeño exordio para insistir en por qué el patrimonio es muy relevante. Los puntos sobre los cuales los colombianos deben fijar la red que nos mantenga unidos es la cultura. Eso no lo inventé yo, eso lo prueba la historia y se capta cuando se consumen noticieros más sustanciosos que los nacionales. Es la cultura representada, entre otros, en esas casas vetustas que a demasiada gente obtusa les estorban y eso dizque en el nombre del progreso, o lo que esas mentes atrofiadas, pero atrevidas, conciben como tal. Preservar nuestro patrimonio, nuestra historia local, es importante para que, por ejemplo, un llanero pueda fijar su gancho y cuerda para tirar un lazo que nos una de lado a lado del país. Igualmente hacemos fuerte esta red con las danzas del Atlántico, siempre y cando las disfrutemos; con la historia de la Independencia; con las esculturas de San Agustín o la gastronomía del Valle del Cauca. Cada libro bueno que se haga y lea en cualquier parte del país nos ayuda a dar otra puntada en nuestro tejido de identidad. Una vez hecha una gran red, nada se nos perderá. La aplicación de nuestra cultura no debe girar, primordialmente, alrededor de satisfacer la industria del turismo, debe ser para uso propio, el gran impacto lo debemos tener en nosotros mismos.
Desde el punto de vista del uso del espacio, en su relación de eficacia económica, le doy la razón a nuestros planificadores urbanos actuales, una casa de bahareque estorba, no es rentable. ¿Sobre los terrenos del Antiguo Instituto Universitario cuantos centros comerciales y apartamentos no se podrían construir? Me pregunto: ¿quién gana? ¡Por supuesto que los constructores! Nunca la ciudad y por ende la ciudadanía. Pero hago ésta advertencia: ¿qué país nos quedará después de que se haya destruido lo más valioso del patrimonio? ¿Qué pasa después de que no hayan quedado puntos donde ubicar nexos entre el país? ¡Importaremos sombreros vueltiaos de China, que no nos servirán para hacer la tarea de conocernos a nosotros mismos! ¿Quién saldrá a la defensa de un país que no conoce porque ha dejado de existir lo que debería conocer? Urge defender nuestro patrimonio material e inmaterial pues con esos elementos tendremos con que formar al nuevo colombiano, dándole arraigo, y esa defensa empieza a nivel local porque en las bases se ubican los fundamentos, es un error esperar que desde arriba venga la solución para algo que está más que claro. Mejora este país si se incrementan sus presupuestos de cultura en un 100%, porque así se le da la oportunidad a la gente de vivir y hacer patria.
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