Pedro Felipe Hoyos Körbel


Compré mi primer Willys en el año 1986, un 54 de capó alto, color verde al que nunca le puse carpa. En ese carrito, de placa KA 6627, aprendí a hacer mecánica y me quedó tan bien organizado que viajaba en él a Quibdó sin contratiempos. Después tuve yeepetas, las camionetas de la Willys; una de estacas y otra cerrada. El anecdotario es más grande que el kilometraje recorrido; la carreta en sí es una parábola vital, que parece conciliar al hombre con la invasiva técnica. Creo que estos aparatos, me refiero a carros, trenes, barcos o aviones, le causan asombro y admiración al ser humano, creo que miramos a esos compendios de tecnología como miraba el hombre de las cuevas al animal y veía en él más que solo el oso forzudo o el ágil jaguar, veía un poder que quería poseer o por lo menos imitar. Concluyo que la frontera entre lo sacro y la realidad se empieza a desdibujar en las mentes y corazones de los admiradores de estos portentos de hierro. Proyectamos sobre estas construcciones de acero emociones muy hondas que rebasan el agradecimiento de la comodidad que le brindan estas máquinas al hombre.
El fotógrafo, editor y buen amigo Carlos Pineda llenó un vacío con su último libro “Yip”, que en sus 190 páginas estatuyó un homenaje gráfico a este automóvil, y a la vez, después de una exhaustiva investigación, escribió la historia de este emblemático carro. Al fin alguien, y no fue un historiador, separó la leyenda de la verdad y documentó la historia de “yip” en términos precisos y concretos. Toda duda acerca del origen de este vehículo; su papel en las diferentes guerras y su llegada a Colombia quedaron, gracias a la pluma de Carlos Pineda, allanadas.
Siendo el yip un producto ajeno a nuestro ámbito cultural, logró formar parte de un imaginario colectivo que lo ubica, igual que el café, que tampoco es americano, como ejes definitivos dentro de un todo. Me cuesta trabajo aceptar que el café o el yip se conviertan en patrimonio cultural como lo plantean los globalizadores de la cultura y me trato de resistir y consentir que el yip y el café tengan el mismo valor que la arquitectura en bahareque. Finalmente, en estas “expresiones” confluye el genio de toda la humanidad y ostenta más aporte local la arquitectura en barro que la metálica mecánica del Willys, pero sumados conforman otro paisaje cultural de la humanidad. La cultura es, finalmente, el resultado de todo tipo de mestizajes.
Tiene Carlos Pineda la más interesante pupila de la región y por qué no decir del país. Lo que él capta con su cámara fotográfica, no lo ve un mortal común. Todos sus libros, cuento 5 con este último, son bellos, son impactantes y son interesantes. Son libros en los cuales el ojo está de fiesta disfrutando de líneas, de volúmenes, de colores y de sombras, fuera de la poesía que aporta en ángulo escogido por el fotógrafo. Posee la pupila de Pineda calidez y compromiso que lo ubica en un lugar muy preciso dentro de los artistas de la región. Carlos mira con romanticismo nuestro mundo, pero lo capta como un hombre del siglo XXI; logra Carlos conjugar posiciones diferentes que le aportan una interesante tensión a su obra que trasciende la simple belleza. Su obra es profunda, su mirada penetra, pero se rehúsa a polemizar y hacer planteamientos empalagosos. Carlos hace arte y este, gracias a artistas como Carlos Pineda, no tiene camiseta, rótulos o publicidad, ya que sucede en esferas mucho más altas. Carlos es vernáculo y es moderno; es godo y es liberal, logrando sintetizar estas dos vertientes del pensar y sentir del colombiano en una mirada sólida, saturada de conciencia.
Para los adherentes al PCC de la UNESCO les preparó Carlos Pineda, con este libro, el más importante aporte que se pueda registrar últimamente. Falta no más que los gobiernos locales se vuelquen a comprar esta obra para las bibliotecas y así facilitar que el concepto de paisaje cultural tenga mayor arraigo entre la gente.
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