Pedro Felipe Hoyos Körbel


Los estilos del arte cambian con mucha frecuencia, mas la actitud del espectador se transforma muy poco. Toda persona quiere tener imágenes en su entorno. Las formas, el color y su significado han seducido al hombre desde siempre, todas las culturas han dejado vestigios que comprueban la existencia de esta inseparable compañía. Dependiendo del contacto con el arte y la capacidad económica, la gente, con muy pocas excepciones y esas de orden clínico, tiene hasta láminas hasta un Picasso colgadas en sus aposentos. Al hombre le es grato vivir en compañía del arte.
Al decir contacto con el arte me refiero conocer y ser consciente de ese “gusto”, porque existe una diferencia, pequeña pero clara, entre un calendario con un bello paisaje suizo, obsequiado por la panadería del barrio finalizando el año, a una obra de arte. Ambas apelan a un instinto, pero la última establece un diálogo paritario entre el observador y el artífice, ya que el artista tuvo una intención. Dependiendo de la sensibilidad del observador para involucrarse en ese diálogo, se escoge el arte con el que se quiere entablar esa duradera conversación. Y cuando hablo de capacidad económica, me refiero al costo del arte, no todos podemos adquirir las grandes obras y prudentemente nos limitamos a comprar y colgar un afiche de la “Última Cena” de Miguel Ángel.
Ese afán de tener arte a su lado lo vivió la pintora primitivista Olga de Chica y la conversación la entabló con sus colegas pintores protagonistas de las artes plásticas en Manizales durante las décadas de los 80 y 90, principalmente. Logró la maestra Olga reunir alrededor de 70 obras, que colgó en su casa, en el hall de escaleras, la sala y el comedor. Fueron puestos al estilo salón, es decir que las paredes están abarrotadas con arte. Ese estilo se refiere a los salones de la época de la Ilustración donde la gente amante del arte, la cultura, inclusive de la política se reunía a intercambiar ideas y disfrutar la compañía de las presuntas almas gemelas. Esta institución tenía por cabeza una mujer. Toda Europa se dedicó a establecer salones hasta empezar a competir por quién organizaba el más elegante o a cuál iban los hombres de más peso intelectual o político. Uno de los grandes logros de los salones fue la Revolución Francesa, concebida y dirigida desde los salones.
Muerta la maestra Olga en diciembre pasado sus hijas Eloína y Sonia tuvieron a bien seguir una insinuación y no desmembrar esta colección única, pues lleva una impronta que pierde sus contornos si se desintegra. Al igual que una biblioteca, una pinacoteca dice mucho de su dueño, y crece lentamente como un árbol. El argumento que se les presentó fue que es una colección que surgió de los intercambios y regalos que se hacía doña Olga con sus colegas, y demuestra que el gremio de los pintores se articula y que cada uno sabe de los temas y técnicas que están manejando sus colegas. Es un gremio que debe ser fuerte para poder ser útil a la sociedad. Esta colección, junta, muestra dos décadas de arte en Manizales donde ven las tendencias que imperaban en el quehacer artístico de la ciudad. Tiene además otra implicación muy interesante ya que con ella se puede hacer pedagogía del arte, enseñarles a los interesados técnicas, estilos y temas. No hay una en la ciudad que se le compare. Invito a los lectores a que a partir de la semana entrante vean esta colección en el Centro de Museos de la Universidad de Caldas donde su directora, Olga Hurtado, hizo un bello montaje recreando el espacio original y la forma “salonesca” de su exhibición.
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