Pedro Felipe Hoyos Körbel


Creo que uno de los grandes placeres que hay en la vida es hojear un libro de imágenes. Razones: ¿Porque nos regresa a la infancia? ¿O porque las imágenes igualmente son un lenguaje que leemos y que ese lenguaje nos permite abandonar la estricta lógica de la letra y ver más allá?
Hace poco hojeé una antología de la obra del fotógrafo Nereo López, nacido en 1920 en Cartagena, publicada por el Ministerio de Cultura en 1989. Las imágenes en blanco y negro organizadas por regiones me invitaron a un recorrido por el mapa humano de Colombia. Adscrito culturalmente al Grupo de Barranquilla que integraban personalidades como Obregón, el pintor, y los escritores García Márquez y Cepeda Samudio, este fotógrafo, para mí, trascendió su entorno.
Yo asocio a Nereo López a un sustrato colombiano muy diferente. En sus fotos el eje es el hombre, para Nereo el hombre está en permanente diálogo con su entorno del cual recibe definitivas improntas y a la vez él lo transforma. Me imagino que una foto donde no apareciese un ser humano para este hombre debería ser un desperdicio. Y si vamos a ponerle nombre a esa actitud ante la vida nos encontramos con un humanista practicante. La mirada de Nereo está llena de complacencia con la gente. Se nota en las fotos que son tomadas testimoniando la vida, hace casi 70 años, y no trabajo de un cuidadoso retrato de estudio. Al igual que las láminas de la Expedición Corográfica estas fotos muestran tipos humanos que hoy no existen, avivando nuestra memoria, confrontándonos con caras que nos son conocidas de alguna manera.
Asocio este trabajo dedicado al rostro colombiano con el de la etnóloga Virginia Gutiérrez de Pineda que en la misma época, mediados del siglo pasado, ella recorría el país con detenimiento estudiando la estructura de la familia de los personajes que ahora encontramos engalanando las fotos de Nereo. Todas las regiones recibieron la curiosidad y atención de Gutiérrez, al igual que este hombre que no veía a Colombia minada por particularismos sino captó lo humano. Geográfica y étnicamente hay diferencias, pero este fotógrafo las supera. El indio, el mestizo y el negro son solo humanos en las fotos del cartagenero, desmintiendo el sistema de castas raciales, las cuales, como todo prejuicio oprimen nuestra forma de vernos y por ende de tratarnos. ¡Qué generación ésta que se interesó tanto por la gente colombiana! ¿Por qué no lograron una mayor influencia y se les permitió que esa imagen que elaboraron se convirtiese en la cara oficial? Ellos moldearon nuestra identidad en la media que nos reconocieron, en cambio hoy en día es el folclor rampante el que se hace pasar como nuestra esencia. Captaron ellos a los seres que habitan a Colombia sin el más mínimo asomo de amarillismo periodístico o esnobismo académico. ¡Qué sensibilidad para lo esencial! Fotografió Nereo a la gente así como era, y no como las querían representar las revistas capitalinas o las publicaciones internacionales para las cuales trabajó por muchos años. Es apoteósico el manejo de la imagen de nuestra gente, y el artista no siente lástima por ella. Supo Nereo que una especial dignidad nos es propia todos.
Los pocos elementos de que se compone el encuadre de la imagen están saturados de significación, que al ser relacionados entre sí desatan una fina narración. Esas fotos hablan, dan testimonio visual de los anhelos, sueños y frustraciones que se estrujan en el corazón de la gente de un país. Se semeja el ojo de Nereo a un paciente reptil que asecha el momento, espera a que se dé una constelación en la que se alinean el hombre, su entorno y un atributo que puede ser una herramienta de un oficio, y es ahí cuando salta la lente de su aparato fotográfico engullendo el alimenticio bocado. No hay para Nereo pose, todo es vida y verdad y todo sucede en fracciones de tiempo que solo este sonámbulo es capaz de detener.
Cierro el libro y desembarco de un viaje por Colombia que me devolvió la fe en nosotros mismos, en nuestra Nación, porque vi en cada rostro una parte de una narración que continuaba en la página siguiente, sin importar que la foto era de un vaquero a orillas del río Magdalena y la que seguía de un peatón cruzando la Avenida Jiménez en Bogotá. Captó este asombroso hombre todas las virtudes de nuestra belleza humana, virtudes que a un periodista, a un politólogo, a un antropólogo inclusive a un historiador les son difíciles de percibir.
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