Pedro Felipe Hoyos Körbel


Las ciudades las hacen sus habitantes, son ellos los que le dan una impronta esencial. No me refiero a la vida o la cotidianidad, esa está garantizada en cualquier parte, sino al tipo de vida que prima en ese conjunto de hombres y mujeres radicados en el mismo entorno. Un buen alcalde ejerce una buena influencia, un buen médico igualmente aporta, pero ellos lo hacen desde su cargo o profesión y se sobrentiende que lo deben hacer con la ética que les es inherente. Hay otro tipo de ciudadano ejemplar que deja una clara, duradera e interesante impronta y lo hace desde su interior y lo transmite por medio de la palabra escrita. La individualidad de su aporte los convierten en esencia de ese conjunto de humanos, porque la gente, ese tipo de espiritualidad, la intuye con facilidad y cariño.
Uno de esos manizaleños lo fue Tomás Calderón, nacido en Salamina en 1891 y que publicó, desde que se fundó el diario LA PATRIA en 1921 hasta un año antes de su muerte en 1955, casi a diario su columna “Del Minuto”. Fue desde este espacio que este hombre ayudó a esculpir la idiosincrasia de nuestra ciudad.
Le correspondió a Tomás Calderón, él firmaba sus columnas con el seudónimo Mauricio, 11 años menor que Aquilino Villegas y 9 mayor que Silvio Villegas, actuar en una época donde se estilaba la polémica política y el debate exaltado porque estos hombres escribían como herreros calentando la palabra al fuego vivo para después, con un pesado martillo y un fortísimo yunque, elaborar palabras y frases que más parecían una armadura que una desprevenida columna periodística. Mauricio en contraste no debatía y no atacaba, él convencía y soñaba y es por eso que sus columnas no han perdido vigencia. Usar la palabra bondad no debe ser políticamente correcto para definir la escritura de un periodista, pero esa palabra capta la esencia de la intención de este hombre. Mauricio movía gente y movía opinión porque él rompía el esquema del debate partidista y se centraba en visionar una ciudad, en buscar el bienestar de toda la comunidad. Él como periodista no se ceñía a la noticia, pero sí hacía una interpretación de su entorno y por medio de su escritura, que es reflejo de su ser, indicaba caminos. No por desengaño de la política y sus protagonistas sino por inclinación de actuar, convencía a la gente de la bondad de una empresa, y así, este hombre hizo por Manizales como ninguno. Toda empresa cívica que necesitaba ser divulgada, no publicitada, hay una notoria diferencia, contaba con la concurrencia de este columnista. Él fue uno de los grandes socios del padre Adolfo Hoyos y la Catedral ya que se encargaba de buscar las palabras que servían como molde para vaciar esa obra en pro de la ciudad.
De vez en cuando Mauricio publicaba columnas futuristas donde vislumbraba una Manizales en el año 2038 viviendo él en 1940. La baquelita y las telecomunicaciones eran un eje temático que desarrollaba con humor y fruición como si fuese un Julio Verne criollo. Ese tipo de futurismo le venía bien a un poeta de fácil imaginación y que hacía juego con la permanente preocupación que tenía el salamineño Mauricio, por Manizales.
Hablar de Mauricio para mí no tiene un componente nostálgico o histórico, no es la remembranza de un pasado promisorio, sino en él veo un escritor que ideó una escritura que ayudó a elaborar un tejido social que hoy le serviría a nuestra ciudad como ejemplo para definir rutas y actitudes. Es más la actitud que la metodología la que se debe destacar en este escritor que cuando murió se le encontró solo un billete de diez pesos en el bolsillo y que no peleaba con las malezas en los potreros de su finca ya que estas daban unas bellísimas flores y eso a él lo complacía. Era un hombre de ideales estéticos y humanos que contrastaban con el febril ánimo de lucro de su entorno. Para él, el gran individualista que vivía su yo intensamente cada día, había una colectividad que se nutría con esa fuerza que solo una persona muy definida puede aportar.
Mauricio muere y la reacción espontánea de la ciudadanía es erigirle un monumento y colocarlo en Chipre porque fue él, en asocio del padre Esteban Arango, que habían propuesto convertir ese sector de la ciudad en un jardín. Pretendía la ciudad con ese busto eternizar la presencia de este íntegro hombre que por medio de la palabra sincera logró mover el amor por la ciudad en la gente. Mauricio fue palabra convertida en acción, ese era su ejemplo.
No dudo que ese busto sigue siendo una deuda que tiene la ciudad con este hijo adoptivo. Me explico: esas iniciativas espontáneas de la gente, expresión de una honda emoción y válido anhelo se estrellan usualmente contra los funcionarios y políticos que sufren con estas proposiciones ciudadanas porque estos bustos se convierten en espejos donde ellos quedan retratados con todas sus deformaciones físicas como espirituales.
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015