Pedro Felipe Hoyos Körbel


A pesar de que derrocar estatuas tiene mucha actualidad, esa “posición” ha acompañado al ser humano toda su vida, la historia lo comprueba en sus anales. Para comprender ese fenómeno, se debe entender por qué se encumbra una estatua, con ella se quiere elevar a la perpetuidad a un ser humano que se estima como ejemplar. La estatua sería una especie de momificación en bronce o piedra ya que no se corrompe y sus valores simbólicos no los borrará el paso del tiempo. Erigir una estatua es visualizar un poder, una forma de pensar, una forma de sentir. Toda una idiosincrasia es colocada a la vista de la gente.
Así que tumbar una estatua es la lucha entre dos momentos simbólicos que chocan. En Lima han pasado la estatua del conquistador Pizarro de la Plaza Mayor a orillas del río Rimac, demostrando que no saben cómo conciliar esas dos realidades. Al interpretar la historia se llega a conclusiones muchas veces opuestas y depende para quien se haga esa interpretación y las estatuas permanecen o desaparecen. Sigamos el ejemplo peruano: para un inca sería oportuno desplazar a Pizarro, pero para un peruano la cosa se complica, pues a raíz de la conquista, este territorio fue intervenido con armas y se empezó a trazar la cara a la actual república peruana. Y así pasa en toda Hispanoamérica, donde a diferencia con Europa u otras partes de mundo, aquí el mestizaje está en plena obra y habrá muchas remociones antes que el problema sea decantado. Si se quieren deshacer de Pizarro deben desplazar también del idioma español; la religión cristiana; el sistema democrático de gobierno; no pueden ser ni capitalistas ni comunistas; deben prescindir de los derechos humanos; gran parte de la tecnología debería ser rechazada y en general todo lo que representa a la Europa conquistadora en los Andes. ¿Vale la pena todo ese esfuerzo? ¿Se borra la historia decretando el cese de todas esas influencias? ¿La actualidad será más próspera después de desmontar una estatua? Si se protege a las minorías, ¿por qué un grupo le puede derribar la estatua, su ídolo, al otro? Hay quienes comulgan con esos logros hispanos. ¿Con qué derecho moral se podría proceder? Tumbar una estatua inerte es fácil, difícil es reemplazarla. Desmontar una estatua con una orden legal como la de Colón, que fue removida en Los Ángeles el año antepasado, donde un concejal indígena, 500 años tarde, tiró al suelo la historia, es un caso excepcional. No dimensionó este edil que con destruir una estatua no se vence una batalla que en la historia figura como derrota. Para esos combatientes todo general vencedor es un genocida.
Lo usual es que las turbas enardecidas, en su culto a la anarquía, desmonten las estatuas. Aquí no hay planteamientos filosóficos o humanitarios, sino un afán de infligir daño a lo público. Crear zozobra, sembrar terror y arrodillar a políticos obsesionados con su reelección es otra parte del juego. La estatua es solo un peón en ese ajedrez, porque lo que realmente se quiere incendiar es el palacio de gobierno. Esos bronces o mármoles deben ser defendidos como un bien público y castigados los que los dañen.
Hay otro caso, muy local, donde las estatuas son agredidas con el olvido. ¡El sabio Caldas solo es homenajeado cada 100 años! Todos se creen demócratas, reclaman derechos, pero desconocen a los que ofrendaron sus vidas para establecer la república en este país. ¿Cuándo se ha visto que una delegación de La Merced o San José, municipios caldenses, se asomen y le ofrenden algo de respeto al sabio que les da su gentilicio? ¿Es tan poco polémico el Sabio que simplemente lo ignoran? El pobre Caldas ya cayó y nadie se da por enterado. Se ve entonces como las estatuas están expuestas a más enemigos que solo a las heces de las palomas.
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