Martín Franco Vélez


Supongo que a muchos nos ha pasado ya: de repente nos vemos sentados más tiempo del que solíamos pasar frente al computador, tratando de reemplazar ese contacto social que ahora parece tan lejano con un programa de conferencias en video que nos permite ver, de manera virtual, las caras de aquellos a quienes extrañamos. Y no solo eso: si algo ha traído este largo encierro —que vaya uno a saber cuánto tiempo más va a durar— es la posibilidad de vernos con un montón de gente que muy seguramente en la vida normal ni siquiera frecuentaríamos: antiguos compañeros de colegio, amigos olvidados, familiares de los que hace rato no sabíamos nada. Eso tiene sus ventajas, cómo no, pero quizás muchos se han dado cuenta también de otra cosa, consecuencia de la primera: que después de un rato de charla, del entusiasmo inicial que produce ponerse al día, acaban instalándose esos silencios incómodos que suelen rellenarse, casi siempre, de una sola forma: hablando del coronavirus.
Desde que el mundo se detuvo, no parece haber otro tema sobre la mesa: hablamos del virus en las conversaciones de trabajo, con familiares, amigos o incluso con los vecinos con quienes nos topamos cuando tenemos que salir de casa a hacer el mercado. Vemos las noticias que no hablan de otra cosa y nos llegan al WhatsApp, a diario y sin descanso, decenas de historias sobre el tema, cada cuál más trágica. El miedo se instaló en nuestra vida y la ansiedad por ese futuro incierto, que nadie sabe muy bien cómo será después de todo esto, no ha hecho sino crecer: la pandemia no solo desbarató una cantidad de planes que teníamos —viajes, proyectos, vidas enteras—, sino que presagia un porvenir complejo, con una crisis económica a la vuelta de la esquina. Con ese panorama, es normal que el tema monopolice nuestras vidas y nos chupe toda la energía: qué más podemos hacer.
Y, sin embargo, mi propuesta es que tratemos de evitar que nos absorba. No quiero decir, por supuesto, que hagamos caso omiso de las directrices del gobierno, todo lo contrario: debemos seguir acatando sus recomendaciones sobre la cuarentena, que aunque difíciles y complejas en muchos ámbitos —empezando por el económico, lo sé— buscan protegernos de una expansión sin control del virus que colapse nuestro débil sistema de salud. No es eso. Me refiero, solamente, a que hagamos un esfuerzo consciente por empezar a desterrar ese único tema, poco a poco, de ámbitos que podríamos aprovechar de otro modo: saquémoslo de las conversaciones virtuales, de la mesa del comedor, veamos las noticias en su justa medida, sin estar pendientes todo el tiempo del número de infectados (que inevitablemente sigue y seguirá creciendo). Dejemos de pensar tanto en el futuro, que a fin de cuentas, a pesar de tantos esfuerzos, no está en nuestras manos: no hay mejor ejemplo que este 2020 para demostrarnos que el azar puede cambiar todo en un segundo, por mucho que planeamos nuestra vida con esmero.
Hablemos, pues, de otra cosa. O al menos empecemos a intentarlo.
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