Manuela Zapata Franco


En la tierra fértil de Colombia, nuestro país se desangra
Se desangra en manos del Narcoestado paramilitar
Y la madre del hijo protestante grita
Grita y desgarra su voz pidiendo que la lleven con él
Ecos de violencia en Colombia, ahora se documenta el abuso de poder en tiempo real, hemos visto en vivo por redes sociales cómo nos sacan los ojos, nos desaparecen, nos violan y nos masacran. Leía en un cartel que se alzaba en una de las manifestaciones en Pereira: “Si nos están matando en las ciudades y frente al lente de todas las cámaras, ¿qué habrán hecho nuestros campesinos?”. La violencia en este país ha sido pan de cada día, se nos ha convertido en paisaje y como si fuera poco, la impunidad es uno de los principales problemas en el sistema judicial colombiano.
Si bien el paro nacional pudo haberlo detonado la nueva reforma tributaria, las manifestaciones continúan porque se hace cada vez más difícil vivir en uno de los países más corruptos del mundo y el más desigual de América Latina, donde 2.4 millones de hogares no obtienen sus 3 comidas al día.
Es hora de tomar partido y no necesariamente cambiar de ideología, se trata de tomar partido hacia la empatía. No solo quienes nos gobiernan han sido indiferentes ante la crisis del país, también quienes se hacen llamar “gente de bien” son quienes no pueden aguantar un día más de paro porque ya no consiguen la leche de almendras que tanto les gusta, o no pueden ir a McDonald’s en paz, o deben hacer filas en estaciones de gasolina porque hay desabastecimiento.
Aquí el golpe de violencia más fuerte es la indiferencia, porque si los derechos son privilegios y si desde el privilegio no luchamos por los derechos de nuestro pueblo, resultamos siendo parte del porcentaje mínimo que puede darse la buena vida ignorando que el desabastecimiento en la alacena de muchos colombianos es diario, que no todos se pueden dar el lujo de ir a restaurantes y que niños en las veredas caminan durante horas para poder estudiar.
En las calles aún quedan manifestantes, jóvenes que han dado la cara por el país, ciudadanos que han sufrido a manos de la brutalidad policial, gente que se ha quedado sin empleo durante esta emergencia sanitaria, el pueblo que ha sido abandonado por el Estado. Hay frustración de no saber qué hacer desde la comodidad, sin embargo, la forma de protesta no solo es salir a las calles, es comprarle al campesino, apoyar al emprendedor, al artista, al artesano, crear espacios de diálogos como el de esta columna, pintar los muros, donar a los medios alternativos donde periodistas siguen arriesgando su vida para contarnos la verdad.
Ya no tenemos miedo a que nos callen, el miedo más grande es tal vez, que después de este evento histórico todo siga igual.
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