Luis Prieto


No de otra manera podía estar. La naturaleza, en forma bíblica, se hizo presente y escogió a Manizales como alerta de lo que podría pasar, tanto a su propia topografía como a la de todo el entorno colombiano, si siguen pecando mortalmente contra ella.
Un número importante de países se reúnen anualmente para hacer un balance de cuánto se ha destruido en el universo entero. Se obligan a disciplinas férreas después de darse golpes de pecho por lo que su inexistencia había dañado. El propósito de la enmienda es cada vez más intenso, a medida que se van integrando otros países, también impresionados por la naturaleza destruida.
Con la naturaleza no se juega ni se ofende, porque sus reacciones son catastróficas y sus absoluciones son escasas y de intermitencias apartadas.
Manizales en el pasado ha ofendido gravemente sus entrañas. Sus habitantes se tienen que dar cuenta del valor incierto de su suelo. Se decía y puede que se siga diciendo, con cierta mofa, que en Manizales para construir, primero hay que hacer el lote. Y a fe que era verdad.
Quien esto escribe cree recordar, es decir desde tiempos inmemoriales, un gran cañón de cierta profundidad, que partía de la plaza de Bolívar a lo largo de la calle 23, hacia el barrio llamado la Busaca. Se aprovechaba el desnivel para rebanar tierras en la parte alta y con una emisión fuerte de aguas se trasladaba una gran masa de barro hasta más allá del barrio mencionado. En esta forma se mutilaba el piso alto para mejorar construcciones y se aprovechaba lo que llevaba la borrasca para rellenar hondonadas habitables.
En el caso que hoy nos ocupa es difícil encontrar culpables. Los últimos alcaldes, responsables directos de cuidar la naturaleza, es decir su suelo y subsuelo en la ciudad y sus alrededores, han hecho públicas sus responsabilidades. Expresando la protección en su tiempo de gobierno contra las desgracias que hoy llora Manizales, ciudad la más ilustre, que todos sus hijos veneran con inmensa devoción. Por esa condición los alcaldes debieran ser lo máximo de su sociedad.
Lo ocurrido fue un fenómeno de intensas lluvias que superó las prevenciones que pudieran estar guardadas en la casa consistorial. Seguramente superó los estudios de máxima prevención para enfrentar las amenazas que vienen del cielo, como las intensas lluvias y también algo de mayor peligrosidad, como lo relativo a lo que le corresponde al demonio, como es lo fluvial. Son los movimientos de las aguas internas y apreciar sus cursos e intensidades. Todo esto puede ser una cartilla de normas mínimas e instrumentos de primera mano, que sirvan para las iniciales alertas como las lluvias que han golpeado la ciudad. Seguramente estos elementos, así se califiquen como nimios, han permanecido encima de los escritorios de los recientes alcaldes. Pero esta vez el equipo de advertencia no funcionó. Pifia natural de las entidades públicas, que tienen en su momento menesteres más vistosos y un mandato muy corto que acosa sus gestiones.
Los descargos de los exalcaldes suenan impropios. Tal vez el único más propio es el del exalcalde Germán Cardona, que reclama que su programa de reforestación no se continuó. Otra pifia de quienes lo suspendieron. Porque aglomerar las tierras volcánicas, como son las de Manizales y sus entornos producto de las erupciones del volcán del Ruiz, solo es posible, como lo entiende el exalcalde Cardona. Todas las laderas que rodean la ciudad deberán ser bosques con todas las ventajas aledañas. Sus raíces amarran la tierra con celo y pasión.
Cuando uno pasa por partes adjuntas al área habitacional de la ciudad, puede verse con preocupación, estos sitios prácticamente verticales que sostienen casas de habitación rudimentarias, como si ellas fueran casas en el aire. Una sola mirada lleva a la imaginación el peligro de las gentes pobres que la habitan. La tierra de estos sitios como el de la catástrofe, seguramente tiene corrientes de agua interna que la derrumban fácilmente.
Manizales hoy vive un empuje en la construcción de edificios en su área urbana. Como primer golpe visual, es que su belleza histórica se ha deteriorado aceleradamente. Cada vez se encierra más con edificios a lado y lado. Transitar por la Avenida Cervantes, si todavía se llama así, era una experiencia bella más admirable que por los Campos Elíseos, así se rían lectores, si acaso existen. Caminar a cualquier hora, pero mejor en la noche temprana, era realmente un placer único. Abierta en sus dos costados, se podía apreciar el esplendor de las más bellas cordilleras y el nevado del Ruiz, monumento espléndido. Algo que no tenía competencia. Hoy es caminar por un túnel burdo sin estética alguna. Como en un examen de resonancia magnética.
Señor alcalde, usted tiene en sus manos todavía una bella ciudad de gentes preclaras, para con ellas hacer algo único.
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