Luis Ospina


Querido hijo. Estas palabras las escribí pensando en ti, pero no van dirigidas solo a ti, sino a muchos jóvenes que, como tú, acaban de terminar su secundaria.
Te invito -los invito- a que pensemos juntos lo siguiente: la vida comenzó antes que nosotros. Quizás por esto sea sagrada y lo es porque no estamos solos. Lo que tenemos pertenece a un universo compartido. Yo también creo que el aleteo de una mariposa aquí puede causar un tsunami en Shanghái. Todo está interconectado. Cuando nacemos llegamos a un lugar que no nos pertenece y que no controlamos, por lo que nos volvemos seres vulnerables, siempre estamos expuestos a lo imprevisible y nos pasamos por la vida caminando sobre terrenos de incertidumbres que nos producen miedo. Le tenemos miedo a lo desconocido. Y también somos seres frágiles; solo que estoy convencido de que la fragilidad es una esperanza, y en ésta se encuentra la necesidad de la compasión, de la solidaridad, de la lealtad y del buen juicio.
Recuerdo dos metáforas que me han servido mucho. La primera es conocida como la del terremoto: los sismos siempre causan, además de miedo, desorientación. De un momento a otro, la vida que teníamos tan cómoda, tan estable, se movió y nos produjo vértigo; no sabemos en qué ni en quién apoyarnos. Hoy, el terremoto de la pandemia nos movió el piso. La vida tambalea, todo se mueve…, y con seguridad después de que pase esta crisis de salud pública, no volveremos a ser los mismos. Ojalá demostremos que aprendimos algo.
La segunda tiene que ver con el juego. La gracia del juego es poder participar en él, no sentarse siempre en las gradas a mirar cómo juegan los otros. Creo que es mejor saltar a la arena y configurar nuestra propia vida. La vida va cambiando y hay que estar ahí. Un buen amigo mío decía que hay que hacerle clic al mundo, antes de que el mundo nos haga clic a nosotros. Hay que coger las riendas de las cosas; no podemos seguir en esta lógica paranoide en el que las cosas tienen las riendas de la humanidad.
En su recorrido filosófico Kant puso sobre la mesa tres preguntas relevantes: “¿Qué puedo saber?”, “¿qué debo hacer?”, y “¿qué me cabe esperar?” Con la primera insiste en que somos seres trascendentales, espirituales, si se quiere; con la segunda pregunta y que, a mi juicio es fundamental, se refiere al orden moral. Y me lo parece porque cada vez estoy más convencido de que de esto se trata nuestro paso por esta tierra: convertirnos en sujetos morales, es decir, en ciudadanos que actuamos pensando en los demás y reconociéndonos en ellos. Somos porque los demás están y nos debemos a ellos. Los otros están ahí, incluso, mucho antes que nosotros y les debemos respeto y compasión. Y el interrogante de qué cabe esperar, depende en buena parte de cada uno, de lo que hagamos con nuestra vida.
Hijo, comienzas a caminar otro camino -de los muchos que te esperan- y este camino se transita con decisión y coraje. Entiendo que hoy estás parado ante las puertas que se han comenzado a abrir para ti, y ves un mundo que no conoces. Por supuesto, esto produce miedo, angustia… pero créeme que no conviene resguardarse de las maravillosas e inquietantes cosas que depara este camino. Creo que hay que abandonar todo lo que es ficticio, banal, lo que no nos deja ser. Una vez que esto sucede observamos con mucha más claridad que antes, y nos damos cuenta de lo que somos realmente; cuando develemos nuestras propias y escondidas verdades sobre nosotros y el mundo, el sufrimiento se paraliza. Sé que esto que te digo es fácil de decir. Pero hay que empezar.
Miguel aquí estoy para ti. Siempre lo he estado. Y mientras esté por estos lares, me encontrarás. Seré la palabra amable, pero no menos franca; encontrarás en mí al cómplice, pero no al que te esconde; me mirarás y verás mis brazos abiertos.
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