Luis Ospina


Según un informe del Banco Mundial (2018), uno de cada cuatro ciudadanos latinoamericanos se identifica como afro descendiente. Esta mal denominada minoría está formada por unos 133 millones de personas; y la mayoría está concentrada, de forma heterogénea y distribuida de manera desigual, en Venezuela, Colombia, Cuba, México, Brasil y Ecuador, y comparten una larga historia de esclavización, desarraigo y exclusión, a tal punto que las comunidades afro están sobre representadas entre los pobres y sub representadas en los cargos públicos y en los privados en donde se toman las grandes decisiones.
Un poco de historia nos viene bien. Fue con el Partido Liberal y con José Hilario López Valdés, Presidente de la República de la Nueva Granada (1849-1853), que se firmó el decreto el 21 de mayo de 1851 para abolir la esclavitud. Este hecho marcó el largo proceso de emancipación de los afro que venía desde 1814 con el decreto de Manumisión de esclavos y con la Ley de Libertad de Vientres de 1821. Miles de hombres y mujeres habían comenzado a conformar sociedades mediante la construcción de palenques en zonas aisladas, lo que les sirvió para amotinarse y protestar por sus condiciones de vida precarias.
Hay evidencias de que la esclavitud ha estado presente en todas las sociedades de la historia de la humanidad. En América se habla de esclavos y de inmediato se nos viene a la memoria la trata atlántica: fueron poco más de 350 años de esclavitud de los africanos en este territorio. Así que no estoy muy seguro de que el origen de la esclavitud sea en África. Y esto porque cuando se habla de esclavitud atlántica es necesario no olvidar la inmensa responsabilidad de algunos países del “viejo” continente que fomentaron la esclavitud de los africanos. Y tampoco conviene olvidar que la necesidad de trabajadores de este continente negro, fue fundamental para poner en marcha todo el aparato productivo americano. Muchos países de Europa y de América lo que buscaban en África eran metales preciosos: y cuando no los hallaban, lo que encontraban eran personas físicamente muy fuertes, que sabían de agricultura y de ganadería; pero no sólo esto, se dieron cuenta de que los africanos tenían anticuerpos que les permitían resistir a muchas enfermedades. A falta de oro, decidieron traficar personas. Justo por eso, la historia los tiene en la mira.
Esta historia, por supuesto, es más larga, pero este espacio no, por lo que debo decir que en Colombia llevamos 171 años desde que se abolió la esclavitud. Y la Ley 725 del 2001 institucionalizó el día 21 de mayo como el Día de la afro colombianidad; MinCultura designó a mayo como el mes de la Herencia africana. Y la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el Decenio internacional de los afro descendientes 2015-2024, con la idea de avanzar en el tema de la igualdad y el fin de la discriminación del que Colombia hace parte.
Y aunque la Constitución del 91 reconoció el carácter pluriétnico y multicultural del país, queda muchísimo por hacer para que los afrodescendientes tengan el respeto y el reconocimiento de su cultura. No podemos olvidar que los pueblos afrocolombianos, raizales, palenqueros, al igual que el pueblo room forman parte de la diversidad colombiana. Todos trabajan por poner fin al racismo y fomentar la garantía de los derechos de sus comunidades. Los afro no son sólo folclor; sus historias forman parte de las resistencias que han servido como un invaluable aporte a la construcción de la nación y del país. Por eso, en Caldas, cinco de las 1.670 organizaciones, que son de la sociedad civil, corresponden a los afro: Asociación de comunidades afrocolombianas, Despertar, la más antigua, constituida hace 25 años y con personería jurídica; Palenque Vivo, Fundación todos por los derechos humanos, Asopapude y Sofonías Yacup.
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