Luis Carlos Velásquez Cardona


La repetición constante de los hechos que han rodeado a Aerocafé nos ha convertido en negacionistas de la necesidad de abrazar un proyecto que nunca, y mucho menos ahora, ha sido fácil. Tampoco fue sencillo decidir apostarle a una obra que, además de cargar millones de metros cúbicos de tierra, tendría que acaparar todas las teorías de oposición que van desde la corrupción hasta la negligencia, sin entender las durezas que se van exponiendo en el desarrollo de una idea en la que todos deberíamos estar desde el deseo y la participación.
Siempre hablé de la inercia como esa falta de energía física y moral en un proyecto como el Aeropuerto del Café, porque todos sin excepción, en algún momento, nos hemos quedado cruzados de brazos esperando a que fluya todo solito, mientras acomodamos el retrovisor que nos permita ver lo desdeñoso de un sueño. Sin embargo, a la inercia le llegó la hora y se quebró cuando habíamos logrado volver a poner la mirada del Gobierno nacional, de la comunidad e incluso de los enemigos del proyecto en esta nueva era del terminal aéreo que seguimos requiriendo.
Hoy se discute, no simplemente de cuánto mueven las volquetas y de qué pasará con la pista, ahora estamos hablando de vías y socializando lo que significarán, aunque apenas con su adjudicación, ya sean el nuevo caballito de batalla de quienes le mantienen la puerta cerrada al aeropuerto.
Cuando hablamos de la derrama económica a Palestina no hacemos cuentas alegres que no estén sustentadas en compromisos firmados por la Nación e incluso, de lo que como región ponemos y seguimos sumando cada día, de acuerdo a como se presentan los solicitudes sociales de la obra, porque hay que pensar más allá de la movida de tierra, las solicitudes de empleabilidad, los constantes chequeos de infraestructura, las proyecciones del desarrollo de conectividad, la capitalización de las nuevas vocaciones territoriales. No es solo tierra, y de eso no solo somos conscientes, sino que seguimos haciéndonos responsables, pese a lo retador de cada tema. Cuando se arregló la casa, que, en analogía al proyecto, fue tener cierre financiero y hacer la obra irreversible, se tuvo la garantía de un proyecto que dejó de estar en el papel. No obstante, el camino en adelante ha traído infinitas fisuras que se narran desde la complejidad de los contratistas que llegan con un sentido de la realidad ganado legítimamente en las licitaciones, pero que muchas veces se angosta en cumplimiento cuando pisan el terreno.
La rigurosidad entre el vínculo, Nación – Región, ha estado a la altura del desafío, hemos sido cautelosos en la opinión, rigurosos en el seguimiento y la acción, firmes en las contingencias y humildes en reconocer los errores y buscar la subsanación; tanto así, que la fecha para despegar y cortar una cinta no se volvió a nombrar, porque queremos un proyecto sano, articulado y real.
Lo anterior no quiere decir que los plazos queden a la deriva, por eso es que hemos enfrentado los pretextos de los constructores con lo que la norma permite, la sanción, y esto no debe ser leído como un problema buscado, cuando todos los días insistimos en que nada, ni nadie, debe saltarse la ley.
Aquí y ahora, con el mismo entusiasmo de cuando nos posesionamos, con más compromiso que cuando priorizamos este aeropuerto como una realidad de latente merecimiento y con la honestidad que se dicta no solo desde mí como gobernador, sino desde un amplio equipo técnico y un grupo intachable desde el talento humano, seguimos caminándole a Aerocafé, en un destino que ya es hora de ser elegido por todos.
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