Juan Carlos Arias Duque


Ojalá que las Farc hayan entregado en las 7.132 armas y las 873 caletas, todo el arsenal que tenían, y que esta realidad sea vista como que hay varios miles de cañones menos disparando muerte y 6.500 personas caminando hacia un proyecto de vida diferente al de la guerra. Ojalá que las Farc realmente hayan dejado de existir como grupo armado y que se conviertan en movimiento político que confronte con ideas y con votos, y ojalá que el gobierno cumpla sus promesas.
Ojalá que en la medida en que se siga concretando el monopolio de la fuerza en cabeza del Estado a partir del cumplimiento del Acuerdo de Paz con las Farc, vayamos dando espacio para la continuación de la tarea, hacia un logro más grande: la consolidación de la unidad nacional, que nos lleve a ese universo en que la inmensa mayoría se sienta orgullosa de su país, y así mismo lo ame y respete transitando por la cultura de la legalidad, tan maltratada por todos, según la ambición de cada uno. Esa unidad nacional que nos permita identificar los elementos comunes que nos enorgullecen, como lo que sentimos con los triunfos de nuestros deportistas. Esa identidad que nos une en contra de la corrupción, y que nos debe aglutinar en torno de sentimientos y emociones comunes como el orgullo de ser de un país donde somos alegres, creativos, solidarios, visionarios, rico en biodiversidad, cuya pujanza y optimismo nos lleve a unos niveles aceptables de satisfacción de derechos.
Ojalá que comprendamos que el Estado no es solo para proteger las libertades egoístas de acumulación de dinero de unos pocos sino que también está al servicio de los que llegaron tarde a la repartición de oportunidades, a quienes hay que garantizar vida digna con todos los elementos que la concretan como acceso a la tierra -más que la necesaria para una fosa común-, a la educación, a la salud, a un empleo, a un proyecto de vida honroso, tal como lo declara la Constitución del 91 como aspiración de felicidad colectiva. Según entiendo, de eso se trataba la guerra.
La ola de molestia social que se aprecia en los recientes paros cívicos, en la inconformidad de maestros, funcionarios de la rama judicial y tantos otros, es señal inequívoca de la necesidad de construcción de esa unidad nacional. Y así, con monopolio de las armas en el Estado y con unidad nacional, vamos construyendo en Colombia esa nación que aún no tenemos.
Ojalá que todos los que desconfían vayan siendo invadidos por la esperanza e inundados por sentimientos de perdón, o por lo menos de tolerancia, que doblegue el odio que no deja avanzar en el camino de la civilización, ya que, como dicen por ahí, solo la paz interior permite apreciar la de afuera. Ojalá que se entienda que es mejor perseverar con una paz relativamente incierta que con una guerra que con seguridad produce al año 4.000 muertos, 150.000 desplazados, 462 desaparecidos, 118 niños reclutados para el exterminio, desesperanza y miedo.
La palabra “ojalá” viene del idioma árabe, significando algo así como “si Alá quisiera”, vale decir, como una especie de oración. Así, traducida a nuestra realidad, equivaldría como a pedir que se cumpla aquella oferta hecha a los cristianos por aquel cuya única consigna fue el perdón, según las cuales “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Así también la racionalidad atea ve en la paz el ojalá del triunfo de la razón sobre la fuerza. Ojalá.
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