Juan Carlos Arias Duque


Cuando registramos el aporte del papel de la mujer en el avance de los derechos humanos resulta oportuno mencionar que una de las principales causas de la subvaloración de la que ha sido víctima a lo largo de la historia, error que apenas ha comenzado a corregirse en épocas recientes, está referida al relato judeocristiano que la ubica como responsable del pecado y la perdición del hombre. El episodio bíblico narrado en el capítulo 3 del Génesis da cuenta de la desobediencia de Adán, quien fue advertido de que no podía comer el fruto del árbol de la sabiduría ya que de hacerlo moriría, pero que inducido por Eva terminó degustándolo, con unas consecuencias desproporcionadamente severas sobre todo para las mujeres.
Pues bien, una reflexión diferente sobre esta historia, contrario a explicar los males de la humanidad causados por la mujer, contiene la descripción de la forma en que se construye el conocimiento, donde la mujer es protagonista, gracias a su curiosidad, carácter y capacidad de desobediencia. Gracias a ella se hacen preguntas, se experimenta, se reflexiona y se descubre. En otras palabras, de no ser por el espíritu femenino, curioso y experimentador, no se hubiese avanzado en el conocimiento. En vez de la muerte física como consecuencia del acto de desobediencia, la paradoja que se encuentra en el relato comentado está relacionada con la advertencia de la existencia de un peligro real si el hombre domina el conocimiento, porque de hacerlo, gracias a la fragilidad de sus emociones, fácilmente encontraría la muerte. Es como si la advertencia fuera algo así como lo siguiente: como el hombre alcance el conocimiento de las leyes de la naturaleza, como logre manipular las células, desintegrar un átomo, dominar la energía atómica y nuclear, nos conducirá a la muerte y la destrucción. Así, la condenación del hombre no está relacionada con la culpa originada por el pecado, sino con la amenaza generada con el ejercicio de su propia libertad.
Otro relato, de origen griego, conocido como La Caja de Pandora, describe una situación similar: la curiosidad femenina como causa del avance del hombre. Los dioses en la pretensión de castigar a Prometeo, ordenaron a Hefesto la construcción en la fragua de un ser sinigual, la primera mujer, a la que los dioses le dieron belleza, inteligencia, capacidad oratoria, a quien llamarían Pandora y Zeus enviaría a vivir entre los hombres con una caja y la instrucción de no abrirla nunca. Con el tiempo Pandora se enamora de Epimeteo, hermano de Prometeo, y desobedeciendo la orden, decide abrir la caja de la que salen todos los males, en el fondo de la cual siempre queda la esperanza.
En ambos relatos está la mujer que de ser creada se crece hasta convertirse en protagonista de su vida, dueña de su decisión, capaz de la hazaña de la desobediencia, la cual ejecuta en ejercicio de la libertad de la cual fue dotada para grandeza de sus creadores, siempre con capacidad de generar la vida ella misma y de producir conocimiento.
De ser la causa del pecado la mujer se convirtió en líder de la familia, la sociedad, el futuro, el conocimiento, la cultura y todas las actividades y expresiones del avance humano. Mientras tanto, la masculinidad no ha evolucionado en la misma velocidad ni proporción frente a esa nueva feminidad, lo cual se evidencia en los altos niveles de violencia intrafamiliar, sexual, discriminación laboral y situaciones en las que se desconoce el nuevo y verdadero valor de la mujer; lo cual tiene que cambiar en favor de toda sociedad que pretenda ser mejor.
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