Jorge A. García Ramírez


Los jóvenes incomodamos. Esta fue una de mis reflexiones tras participar en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, en enero de este año. Allí asistí representando a los jóvenes de Colombia y del mundo, invitado por la comunidad internacional de Global Shapers, que tiene presencia en nuestra ciudad.
De los cerca de 3.000 asistentes a este encuentro, solo 62 éramos jóvenes, lo que equivale a solo el 2% de los asistentes. Pero en el mundo, el 25% de los habitantes tienen menos de 30 años. Es decir, 1 de cada 4 habitantes es joven. La mayoría de asistentes eran directores de multinacionales y de agencias multilaterales, presidentes y representantes de los gobiernos, académicos, representantes de los medios; personas con algún “poder” en la esfera global. Porque tienen poder político, porque tienen dinero, porque tienen capacidad de movilizar la opinión social, porque tienen conocimiento. ¿Y será que la representación de los jóvenes era menor porque nos falta poder?
Lo que les cuento no se dijo en ninguna sesión de Davos, no fue parte de algún reportaje, o se discutió en una reunión de trabajo en el evento. Lo que les cuento es lo que podía entenderse entre líneas, lo que quedaba en el aire cuando interactuábamos con otros asistentes. La incomodidad hacia nosotros se podía sentir cuando por ejemplo, Greta Thunberg (17 años), activista del medio ambiente hacía un llamado a salvar el planeta por la catástrofe ambiental actual, pero el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la etiquetaba como una profeta del pesimismo y una alarmista. O cuando un joven indio levantaba una mano aislada en medio de un panel para preguntar al representante de su gobierno por qué en su país se promovían políticas de discriminación a otras religiones. O cuando una joven brasilera reclamaba a una gran compañía financiera por qué no dejaba de invertir en combustibles fósiles. Y tal vez eso era lo que incomodaba. Que estábamos dispuestos a preguntar aquello que se quería evitar, o a denunciar los hechos que suceden en nuestras comunidades, sin que nuestro puesto, economía personal, o imagen social dependa de ello. También traemos nuevas perspectivas, irrumpiendo con los modelos tradicionales de desarrollo, y exigiendo cambios reales.
Algunas personas pensarán (aunque no lo digan abiertamente en público), que es mejor tenernos fuera. Porque creen que no sabemos, que solo criticamos, o que nos falta experiencia. Pero los jóvenes somos una de las fuerzas que mueve al mundo, y nuestro poder reside en que tenemos la convicción de que todo es posible, queremos luchar por mejorar el mundo, y transformar aquello que ya está obsoleto en él. El capitalismo salvaje, la destrucción del medio ambiente, la desigualdad, por ejemplo. Y frecuentemente ya lo estamos haciendo. Piensen en los voluntarios de causas comunitarias, en los emprendedores sociales o en los activistas.
Los jóvenes seguiremos necesitando espacios para expresar nuestras opiniones, para proponer y para trabajar en alianza con otros sectores sociales. Ya dejamos de ser un grupo pasivo, para convertirnos en gestores de la transformación de nuestras comunidades. Y queremos tener un puesto en las mesas de discusión, mundiales, nacionales o locales, donde esperamos construir, y, si es necesario, también incomodar.
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