Jaime Enrique Sanz Álvarez


De golpe, al parecer leyendo al papa Francisco, vuelvo sobre temas ya tratados que giran alrededor de la paternidad o maternidad no querida, y con ellos también el aborto. Yo soy padre y abuelo y, desde luego tengo sobre el tema principal una actitud asumida pero no radical, puesto que siempre es posible limitar el número de hijos sin acudir al aborto. Recuerdo que mis abuelos narraban con dolor la pérdida de algunos de sus hijos pequeños o acabados de nacer, no lloraban por tenerlos, sino por enterrarlos. Los hijos no los manda Dios, los procreamos los humanos, y hubo una época en la que tenerlos era una dicha y trabajar para criarlos parte de la existencia, pero solo con una debida educación, se logra procrear la prole que se puede levantar y educar.
El matrimonio era visto, e incluso definido, como contrato entre un hombre y una mujer para amarse, procrear y auxiliarse mutuamente, pero el contrato formal desaparece con fórmulas simplificadas. Las parejas se juntan sin contrato con el solo afán de amarse o unirse sin que pretendan procrear, de suerte que cuando el embarazo se presenta acuden al aborto, esto es, toman el riesgo de no tener hijos y prefieren adquirir perros o gatos.
Al parecer coexisten grupos sociales diferentes. El tradicional por el que un hombre y una mujer se unen para amarse, procrear y auxiliarse mutuamente (puede ocurrir que el embarazo se anticipa y se casan para constituir un hogar); pero existe otra clase de unión que no pretende procrear, y alguna más que la rechaza y, no obstante la entrega, impiden el nacimiento, esto es, buscan el aborto que, en Colombia es delito, aun cuando una decisión de la Corte Constitucional despenalizó tres eventos y ahora estudia la despenalización de toda maternidad no querida, esto es, no limita el aborto y, antes bien, concede a la gestante la facultad de decidir en todo caso aun con la oposición del presunto padre. En este como en otros casos la Corte Constitucional no se limita a decidir sobre un asunto, sino que decide sobre la generalidad y ordena al Congreso legislar en esos precisos términos o, como ya ocurrió, ordena al Ministro de Salud que reglamente la sentencia, en manifiesta violación de las atribuciones constitucionales, las del ministro y las de la Corte Constitucional.
Me quedo con las palabras del papa que invitan a pensar en la adopción, los riesgos de tener hijos o no tenerlos y la relación con las mascotas: “La adopción está entre las formas más altas del amor… tener un hijo es siempre un riesgo, pero lo es más no tenerlo”, luego añadiría “los perros y los gatos ocupan el puesto de los hijos”. Cuatro asuntos que no pueden ser mirados como ajenos e invitan a pensar acerca de lo que entendemos por amor.
El tenis de campo es un deporte de inmenso atractivo y agradable de seguir en televisión, especialmente los cuatro grandes torneos que se juegan en Melbourne, Paris, Londres y Nueva York, denominados “Grand Slam” que desde hace algo más de 15 años dominan tres grandes campeones: Federer (39 Años), Nadal (35) y Djokovic (34) con 20 trofeos cada uno que buscan un nuevo triunfo, el 21. Pues bien, a principios del año, a punto de iniciarse el torneo de Melbourne, todo indicaba que Djokovic, ganador 9 veces y actual campeón lo lograría, se presentó en migración y en lugar del certificado de vacunación exigido, presentó documentos que lo exculpaban, más su condición de gran campeón y de atracción para la afición. No fue así,
las autoridades sanitarias exigieron los documentos impuestos a los australianos, fue deportado y el torneo se jugó sin él. La soberbia es mala consejera. En el torneo se hizo presente el español “Rafa” Nadal a quien daban por retirado, acosado por las lesiones que lo tuvieron cinco meses por fuera de la competición quien, para sorpresa de muchos, avanzó hasta la final. A las 6 am del pasado domingo, encendí la televisión, ganaba Medvedev 2 sets y, no obstante su favoritismo esperé el desenlace, al final, remontada y triunfo de Nadal, logrando el anhelado vigésimo primer “Grand Slam”. La humildad, la paciencia y la laboriosidad del español lo ponen ahora en la cima, lo que no impide que el propio Djokovic, aprendida la lección y revestido de aquellas virtudes, logre más triunfos.
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