Jaime Enrique Sanz Álvarez


Nos tildaban de agoreros, cuando no de mal intencionados cuando, ante cada una de las concesiones a las Farc, señalábamos nuestro temor porque era mucho dar mientras los guerrilleros solo anunciaban que se desmovilizarían, dejarían de matar y harían dejación de las armas, pues nunca hablaron de entregarlas. Cada día se anunciaba una dádiva más: Que emisoras, que pago o sueldo, que facilidad de hacer política, que curules gratis, esto es sin votos, impunidad manifiesta para quienes no hubieran cometido delitos de lesa humanidad y disimulada para quienes sí incurrieron en ellos. La respuesta fácil y a flor de piel ¡Es poco por el logro de la paz¡ Y, aún cuando es discutible que la paz se logre al precio de la impunidad, ya que es una incitación al delito, los defensores señalaban que sí había pena, una que se inventaron y llamaron restricción de la libertad que no es castigo, porque no se hace en un claustro sino en una amplia zona aún por delimitar, y tampoco será restricción porque quienes la deben pagar serán los actores políticos con un amplio margen de movilidad. No es difícil imaginar a Iván Márquez (o a cualquiera de estos criminales) transitando por todas las regiones del país, cuidado por la fuerza pública, haciendo política mientras paga el castigo por los delitos cometidos. Terminarán, como no, en el salón elíptico del capitolio y se nos dirá que es el precio de la paz.
Mientras las Farc no entreguen las armas, no cumplen con lo único a lo que se obligaron. No se conoce ridículo mayor. Que entregarían el 30% y luego otro 30% y finalmente el total de las armas, que no se entregan, pero además que nunca se cuantificaron. ¿Saben la ONU, los delegados del gobierno en La Habana, el ministro de Defensa, el presidente cuántas son las caletas y qué armas tiene cada una? ¿A ver cuál es el matemático que nos dice cuál es el 30% de las armas de las Farc? No, la respuesta dada por el propio presidente es simple. Tenemos que aceptar una ampliación del plazo porque los lugares en donde están las caletas son zonas de difícil acceso. ¿Saben las autoridades dónde están las caletas? ¿Por qué no las incautan? ¿No lo saben? ¿Por qué aceptaron plazos que, de ante mano sabían no podían cumplir?
Ocurrió lo que se dijo, no por uno. Somos muchedumbre, con votos dijimos No. Desoyeron, sin embargo, la voz del pueblo. El panorama es el que se presumía. Los guerrilleros han asumido lo que les corresponde y exigen lo que resta, se aprestan a dar los pasos que les lleven al poder y al tiempo incumplen aquello que daría seguridad de una paz duradera: La entrega de las armas.
En entrevista a la revista “Semana” el guerrillero Carlos Antonio Lozada reconoce que para ellos, el secretariado de las Farc, fue sorpresa que resultaran 949 caletas. A la fecha la ONU solo ha recibido 1.000 armas y la manifestación del gobierno que recibirán el 31 de mayo la totalidad, es una nueva mentira. Al final aparecerá la palabreja dejación, para revestir de verdad lo que es una verdadera trampa de las Farc, que les permitirá hacer política armados, porque mientras se desvela la existencia de ese arsenal aún no identificado y mucho menos cuantificado en zonas de difícil acceso algunas ya ocupadas por otros grupos terroristas, el Congreso de la República aprueba el 10 de mayo la ley que permite la conversión de las Farc en partido político, las diez curules gratis y demás ventajas que, agregadas a las otras muchas entregas, nos permiten afirmar que todo aquello que se anticipó ocurrió. Si ahora se dice que el partido político de las Farc pretende imponer un régimen comunista no faltará quien, mire para otra parte y diga que son falsos augurios. Tenemos pues una nueva constitución impuesta contra la voluntad del pueblo. Tendremos pues un debate comicial con unas Farc con ventajas, sin restricción real, esto es impunes y armadas. Habrá quien crea que vivimos en paz con las bacrim, el Eln, los frentes de las Farc que ahora llaman disidentes, la minería ilegal y el narcotráfico ampliado con las ventajas logradas en las negociaciones de La Habana, bueno, así se lo creen los invitados extranjeros que vienen a mirar lo que el Nobel de paz les muestra.
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