Jaime Enrique Sanz Álvarez


Debo aclarar que no soy experto en el uso del idioma y por eso cuando dudo me apoyo en el diccionario y en él encuentro que por idioma debe entenderse “Lengua de un país o nación”; nosotros no tenemos uno propio, aun cuando en ocasiones hablamos “colombiano”, pues tenemos un “jurgo” de palabras propias. Lo cierto es que la C. N. en su artículo 10 define que “El Castellano es el idioma oficial”. Resulta entonces impropio decir Español, porque allí tienen otras lenguas como el Catalán, el Euskera o el Gallego, que también son españolas. La Real Academia (RAE) acepta o adopta palabras y significados nuevos. Como suele ocurrir entre regiones, los españoles le dan a ciertas palabras un significado diferente al que le damos nosotros, como con el tinto que no es un café, sino un vino; o guapa, que no es una mujer valiente o atrevida, sino una mujer bien parecida o “pispa”, tampoco dicen consignar sino ingresar y, chicharrón no es tocino y mucho menos un problema difícil, y cuando dicen tener 3.000 sanitarios se refieren al personal de salud y no a inodoros.
Pero de ellos tomamos también nuevas acepciones, como sucede con la pandemia del covid 19 y las palabras confinamiento, desescalada y desconfinamiento; el primero era una sanción penal, que equivalía a destierro o encierro en lugar distinto a su domicilio y derivó en aislamiento en su residencia, salir del confinamiento se llama libertad y no “desconfinamiento”, y el segundo no existía y lo emplean como descender paso a paso, o cambio de fase. Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, proclama que con la fase tres se llega a “la nueva normalidad”. Por Dios, de qué habla si aún se mantiene el uso de tapabocas, o mascarilla como dicen ellos, y puesto que aquí en los medios, como ya pasó con la “desescalada” que no es otra cosa que la disminución de las restricciones, empiezan a utilizarla como propósito. Me aterra pensar que pretendan nos acomodemos a una naturalidad impuesta.
Yo rechazo tal postura, quiero recuperar la sociabilidad, cuando me abrazaba con mi esposa, familiares, y amigos y amigas (que aquí sí cabe la dualidad lingüística), cuando puedo estar en grupo en un encuentro de fútbol o con mis amigos en el café. Que estos actos sociales se demoran, pues estoy dispuesto a esperar, no quiero que me vendan como normal lo que estamos viviendo, esta es la dura y cruel realidad, cuando aún debemos llevar obligatoriamente tapabocas. Habrá cambios, bienvenido el progreso que nos trae la tecnología, los procesos y la enseñanza virtuales, las compras y pagos por internet, pero mantengamos la fraternidad, la familiaridad y la amistad.
A propósito del idioma, el columnista Efraím Osorio recordaba los problemas lingüísticos que trae la exigencia de algunas mujeres para que se emplee la duplicidad de género en forma absoluta, pues esta no siempre es posible. (Si me lee, maestro, me gustaría saber su opinión sobre el nombre del virus covid 19, que la mayoría, por no decir todos los locutores o presentadores pronuncian con acento en la o, cuando para mí es evidente que no lo tiene). La RAE debió pronunciarse sobre la Constitución de España, si estaba bien redactada, dijo que sí porque la duplicidad de género no es siempre posible. Hay ejemplos como: Propuestas y propuestos, peones y peonas, patriota y patrioto, analistas y analistas, y el muy señalado de miembros y miembras (nótese como en la mayoría de los ejemplos la palabra correcta está en supuesto femenino).
Mientras en España (y algunos locutores nuestros) hablan del desconfinamiento y la desescalada, en la presentación que el presidente Duque hizo de las nuevas medidas para junio, nos detalló cómo sería la recuperación paulatina de la vida en común, habló de la flexibilización de las medidas, y en lugar de “desconfinar” y “desescalar” (que como ocurre con normalidad son una especie de promociones, es como un nuevo eslogan para vender un nuevo producto), habló de alivio o disminución gradual de las restricciones. Además de propias, qué hermosas palabras.
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