Jaime Alzate


He escrito varias veces en esta columna que para mí uno de los mejores mandatarios que hemos tenido es el doctor Álvaro Uribe, aunque hoy en día su prestigio ha rebajado considerablemente por la dura tarea que se ha impuesto, tratando de limpiar un poco la podredumbre que rodea a la clase política, cuyo desprestigio alcanza límites que nos tienen hastiados al máximo, al ver que estamos cayendo al peor de los abismos de corrupción, y que sentimos con temor que se agota nuestra resistencia, con las fatídicas consecuencias que puede traer una reacción violenta del pueblo, que sería peligrosamente inatajable.
Todavía hay políticos que desempeñan con honradez las funciones políticas que les encomendaron, por lo que tenemos esperanzas en que recuperemos el prestigio, y volvamos a encauzarnos por las vías de la honestidad y el sentido del honor.
Pero, lamentablemente, cada vez que sentimos una ola de recuperación y tranquilidad, estalla como una letrina maloliente otro escándalo, promovido casi siempre por los mismos políticos que han manejado las riendas de una corrupción que sigue creciendo a pasos agigantados.
Dando una mirada a vuelo de pájaro, mucho de que tratan de hacer los buenos dirigentes políticos para recuperar los recintos del Congreso y las Cortes, que son los que más causan rechazo, sentimos con impotencia que es algo fuera de nuestro alcance.
Si bien es cierto que más temprano que tarde saldremos de la hondonada, el trabajo que tiene que hacer el Gobierno es muy arduo, pues con la infinidad de problemas que brotan a diario va a ser necesaria la unión monolítica de los que ambicionamos con esperanza llegar a una amplia paz, en todos los aspectos.
Tenemos un buen presidente, a quien se le ven las ganas de realizar una labor eficaz de gobierno, pero también tenemos una manada de politiqueros cuya única labor es destruir lo bueno que se está logrando, para seguir teniendo las prebendas que no se van a dejar quitar.
No es una misión fácil la que tiene el mandatario, y la mayor prueba de ello es lo que acaba de pasar en el "congreso sacrosanto de la república" al hundir el proyecto de ley contra los funcionarios delincuentes, permitiendo que la corrupción siga mandando a sus anchas y sigan teniendo sus casas como cárcel y sus palacetes como la mejor manera de burlarse de un país que está hastiado de la impunidad.
Seguiremos pendientes de los resultados que consiga el presidente en sus periplos por el mundo occidental, porque de ello depende que unidos con los vecinos podamos recobrar nuestra confianza en un mejor futuro.
P.D.: Lo peor de ser futbolista profesional es que a pesar de que eres multimillonario, cada vez que un tipo sopla un silbato, tienes que salir corriendo detrás de una pelota.
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