Hna. Elizabeth Caicedo C.


En medio de la situación crítica por la que estamos atravesando, aún el cotidiano de nuestra vida nos comprueba que los cambios son necesarios, pues ellos nos ayudan a definirnos. ¿Quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué nos pasa?, ¿por qué estamos viviendo esto? Estas son preguntas que hoy se asoman con seguridad a las puertas de nuestra razón y nuestro sentir.
Si responder a todo esto implica cambiar de piel permanentemente hasta llegar a una nueva etapa de crecimiento personal, entonces vale la pena hacerlo, aceptando nuestras carencias, enfrentando la incertidumbre, el miedo, la impotencia. Atrevámonos entonces a mirar hacia nuestro adentro con ánimo de exploradores, derrotemos el apego y las falsas seguridades de la inmediatez del presente; aceptemos nuestros procesos de colectivización, venzamos la autorreferenciación y permitamos que la naturaleza y la vida hagan lo suyo; que nos tejan a los otros, que nos permitan sentirnos responsables del destino de todos, que nos reten a cambiar de forma de mirar la vida y a vivir de manera responsable y solidaria. Desprendámonos, mudemos de piel, adquiramos desde lo profundo de nuestro ser una nueva forma humana que se exprese en acciones sencillas, pero a la vez potentes en clave de amor por la vida, la propia, la de los demás; abandonemos todo acto egoísta, irresponsable y desconsiderado con los demás.
Pongamos en marcha la bella forma humana de la auto-reflexión, gran característica de la conciencia; ella nos deviene temporales, atentos, libres ante la carrera contra el tiempo y el afán desaforado de los tiempos presentes, asimismo nos dispone a estar resueltos a vivir, a desear cambios con prudencia y mesura y a arriesgarnos a hacerlos. Cambios que hoy pasan por acciones nuevas para la mayoría de nosotros, como es el uso del tapabocas, por ejemplo; también el cumplimiento de protocolos de bioseguridad cuando salimos de casa hacía en trabajo o a hacer una diligencia, la no visita de nuestros familiares y amigos; todo en aras del cuidado del sí mismo y del otro, cambios basados en una acción responsable y solidaria que nos permite dilucidar cuál es nuestro aporte para que esta situación cese o se controle poco a poco.
No podemos vivir de espaldas a la realidad y a las exigencias de este mundo presente. El mundo actual requiere sujetos vivos en un intento diario de evitar que la vida se enferme, que muera. Hagamos recurso de nuestra receptividad interior, desde allí podremos identificar a qué es necesario renunciar, cuantas veces sea necesario para salvaguardar la vida propia, la de los otros, la del mundo. Optemos por la transformación que se da cuando renunciamos a algo por el bien de todos. Recordemos que cada vez que el ser humano elige, renuncia al mismo tiempo a algo. La vida es sabia, no todo lo podemos tener.
Por consiguiente, una vida nueva debe buscar el ser humano dentro de sí mismo, de hecho, un nuevo tipo de sociedad requiere un ideal real de un ser nuevo, diferente, que provoque una verdadera revolución desde el interior que permita redefinir el sentido de la vida. En todo momento transformar-nos, mutar-nos, desplazar-nos, gestar-nos, hasta llegar al ser verdadero, aquel que habita en nuestro interior, que nos da la posibilidad de sentirnos hermanos, responsables del destino común de la humanidad, capaces de vivir juntos, solidarios, sensiblemente inteligentes, comprometidos con causas comunes, creativos a la hora de encontrar soluciones que venzan no solo esta pandemia del covid-19, sino también la pandemia del hambre, de la pobreza y de la desigualdad.
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