Guido Echeverri


“Vamos a seguir siendo lo mismo, pero un poco peor”. Eso dijo el filósofo español Fernando Savater en una entrevista al diario El País de España, el 4 de julio de este año. Eran los momentos más sombríos y pavorosos de la pandemia...: “No creo que vayamos a salir más fuertes ni más buenos. No.” Tenía razón.
En el plazo previsto, días más días menos, se encontró la vacuna; el desarrollo de las ciencias básicas, los miles de millones de dólares en juego, y la feroz competencia por el poder político mundial, aseguraron alcanzar este propósito inmenso para la humanidad en un tiempo insólito.
Con la vacuna se calculaba que entraríamos a un momento definitivo en cuanto a la superación de la crisis. Sin embargo, es ahora que se empiezan a develar los problemas que subyacen a la condición humana, a la precariedad del multilateralismo, a la ausencia de condiciones elementales para la circulación, conservación y aplicación de este delicado producto biológico, a la carencia de instrumento internacionales de cooperación, a las limitaciones de la globalización, y a la descarada utilización política de un bien público que debiera ser universal.
Cuando empezó la crisis, muchos albergaron la esperanza de que esta se convertiría en el germen de una nueva civilización, más cercana a los valores del humanismo, más reconciliada con los fundamentos de la modernidad, más afín a la capacidad organizativa de los seres humanos para asegurar su supervivencia, y más consciente de la certeza de que nadie estaría a salvo a menos que todo el mundo lo estuviera.
Con la vacuna, los países en conjunto debieron estar pensando en cómo organizarse para la vacunación; pero, al contrario, cada cual tiene su plan.
A pesar de algunos esfuerzos para coordinar internacionalmente la respuesta al virus, los grandes bloques, EE UU, China, Rusia y Europa, han desplegado estrategias separadas, y han asumido posturas distintas, desde la denominada “diplomacia de la salud” de China y Rusia, hasta la egoísta, unilateral y previsible del presidente Trump, que ha amenazado con poner en práctica la “ley de producción de defensa”, para impedir la venta de insumos y vacunas a otros países, hasta tanto no esté totalmente cubierta la población de Estados Unidos.
Estados Unidos y Europa han comprado más de las dosis de vacunas que necesitan para inmunizar a sus poblaciones, mientras en la región más desigual del planeta, América Latina, los planes de vacunación se enfrentan a la falta de recursos para acceder a las dosis y a la carencia de condiciones para su conservación, distribución y aplicación.
El primer ministro inglés, Boris Johnson, no ha desaprovechado la oportunidad para enfatizar, cuando atraviesa por un momento político difícil frente a su propio partido, que, si no hubiera sido por el Brexit, no habrían logrado autorizar y desarrollar primero la aplicación de la vacuna fabricada por Pfizer. La Unión Europea le replica que esa vacuna fue desarrollada en Alemania y fabricada en Bélgica. También a esta actitud políticamente oportunista le han dado una denominación, “el nacionalismo de la vacuna”.
La respuesta de los países de ingresos medios ha sido el Covax, una alianza internacional que reúne a 172 países que pretende construir una cartera diversificada de inversión de proyectos de vacuna, de la cual hace parte Colombia.
Asumiendo que dicha inversión garantizara el suministro de la vacuna, no hay que olvidar las condiciones de unas regiones que en su mayoría tienen características muy diversas y complejas, compuestas por rincones donde se combinan como en nuestro caso, temperaturas tropicales con la carencia de infraestructura tecnológica y energética adecuadas. Lo que pasa hoy en Estados Unidos nos dice que la pandemia es un fenómeno asentado ya no solo en los grandes conglomerados urbanos.
Y mientras tanto, según observadores bien informados, Colombia aparece extraviada en los últimos lugares entre los países que luchan por obtener la vacuna.
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