Guido Echeverri


Así empieza el primer verso del poema, El Hambre, del poeta alicantino Miguel Hernández, muerto muy joven en las mazmorras de la dictadura franquista en España, terminada la Guerra Civil.
En Colombia algunos temas cobran relevancia de tarde en tarde en los medios y en el debate público porque suceden hechos que sacuden la sensibilidad ciudadana: el aborto, la violación de niños, el feminicidio, la corrupción en el programa de alimentación escolar, la justicia por mano propia, entre otros, son asuntos que han ocupado la atención de todo el país por días, para luego desaparecer en el tráfago de los acontecimientos que con velocidad de vértigo ocurren en este país desbocado.
El reciente informe de la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), puso en el centro del debate el problema del hambre. El informe llama la atención sobre el riesgo de que Colombia caiga en una crisis alimentaria. Antes, la Asociación Colombiana de Bancos de Alimentos (ABAC) había advertido que casi 16 millones de personas consumen dos o menos comidas al día; subrayó que “la situación del hambre en Colombia sí es crítica…la pobreza monetaria es la principal causa de la inseguridad alimentaria” y frente a la posición del Gobierno que muy a su estilo de ubicar la fiebre en las sábanas, salió iracundo a reclamarle a la FAO las que consideraba imprecisiones del informe y a tachar por inexactas algunas cifras contenidas en el documento, le recordó que el propio DANE anunció en un informe reciente que el 42,5% de la población colombiana vive por debajo del umbral de la pobreza, y que el 15,1% está en pobreza extrema.
Lo que le causó más molestia al presidente fue que nos ubicaran al lado de Haití, Yemen, Honduras y Afganistán en materia de crisis alimentaria. Aunque la FAO a través de uno de sus funcionarios dijo que reconocían algunos errores en el informe, no podemos negar que en Colombia hay territorios que en este aspecto sufren situaciones muy similares a las de esos países.
Al margen de las cifras, lo cierto es que en Colombia una parte muy importante de la población está padeciendo tal vez la más lacerante y dolorosa expresión de la pobreza. Aparte los reclamos del Gobierno a la FAO, pocas respuestas ha habido del Gobierno respecto a cómo lidiar desde la perspectiva macroeconómica con la situación. “En un mundo con alta inflación y depreciación de la moneda, la cuestión alimentaria se tornó un asunto vital, no solo electoral”, dicen los analistas. Para el Gobierno es muy incómodo que precisamente en medio del alborozo desmesurado por las altas cifras de crecimiento económico del año pasado, se le aparezca semejante problema.
Las dimensiones del hambre en Colombia son muy variadas; la macroeconomía y la política no están jugando a favor de la superación del problema; el análisis de estas variables y su relación con la política pública muestran cómo el Gobierno es responsable de esta compleja coyuntura alimentaria: entre el 2012 y el 2022, el presupuesto asignado al Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural ha disminuido 10,8% en términos reales pasando de 2,8 a 2,5 billones. Además “los escasos recursos de la Cartera se dirigen principalmente a la agricultura empresarial, especializada en materias primas como la caña, la palma aceitera y el caucho, entre otros bienes con demanda internacional”, según reseñó El Espectador en un informe reciente. La política pública privilegia la exportación de materias primas y no la producción de alimentos, aupada por los tratados de libre comercio y el incremento sustancial de la importación de alimentos.
La violencia que persiste en vastas zonas rurales del país, el desplazamiento de áreas productoras de alimentos por cultivos ilícitos, el despoblamiento crítico del campo, la ausencia de un Estado que controle y gobierne el territorio a partir de buenas ofertas de bienes y servicios como vías terciarias, conectividad, salud, vivienda y orden, y el aumento desmesurado de los costos de los insumos impuestos por las multinacionales, son elementos que agudizan el problema y complican su superación.
Un país con hambre no es productivo, excluye y margina a esa parte de su población famélica de las oportunidades del desarrollo y acentúa las condiciones de desigualdad que imposibilitarán la consecución de una paz estable y duradera (el hambre es causa y también consecuencia de la guerra), y en Colombia sí que lo sabemos.
“Tened presente el hambre: recordad su pasado/ turbio de capataces que pagaban en plomo…” dice el verso del poema de Miguel Hernández, autor, además de otro poema sobre el hambre, La Nana de las Cebollas, que musicalizó bellamente Joan Manuel Serrat.
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