Guido Echeverri


Hoy miércoles 6 de enero a la hora de empezar a escribir esta nota, faltan 15 minutos para que entre en vigencia el toque de queda impuesto por las autoridades de Washington, capital, y sede del Gobierno y del Congreso de los Estados Unidos.
Con una perplejidad parecida a la que sentimos cuando observamos en vivo y en directo el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas en el año 2001 en Nueva York, asistimos ahora al asalto violento al Capitolio donde el Congreso sesionaba para confirmar formalmente los resultados del proceso de elección del Colegio Electoral que investirá en los próximos días al nuevo Presidente de los Estados Unidos.
No obstante que las manifestaciones de los radicales seguidores de Trump estaban anunciadas, los participantes no encontraron mayor oposición para ingresar al Capitolio y según varias versiones de prensa, hubo hasta policías que les franquearon las puertas. Y mientras tanto, el presidente Trump alentaba desde las redes sociales a sus devotos.
A esta altura de la tarde ya había una persona fallecida y se hablaba de muchos agentes del orden y manifestantes lesionados.
Estos actos han sido calificados de vergonzosos, criminales, desgraciados, y muy oscuros para la democracia, el presidente electo y el expresidente Bush señalaron los episodios de insurreccionales, de un intento de golpe de estado.
Son sin duda, acontecimientos que desnudan serias anormalidades en el funcionamiento de la democracia en un país que siendo el primer imperio global de la humanidad, ha construido por demás un sistema de Estado constitucional y de derecho que ha sido guía y paradigma de la mayoría de los países del mundo desde hace más de dos siglos.
Con el colapso de la Unión Soviética a finales de la década del 80 del siglo pasado, el mundo democrático respiró aliviado y asumió como válida la tesis de Francis Fukuyama según la cual habíamos llegado al fin de la historia y a la definitiva y para siempre consolidación del capitalismo económico y la democracia liberal.
Ese que se asumió como un logro sin regreso, contribuyó a deshumanizar el capitalismo y ralentizó la militancia activa a favor de una democracia real, más adaptada a las nuevas realidades del desarrollo tecnológico, con capacidad de garantizar buenos gobiernos, superar los intolerables problemas de pobreza e inequidad, incluir los sectores marginados y proteger a los excluidos de la globalización y el neoliberalismo.
Como dijo Michael Lind, escritor y académico estadounidense, profesor de la Escuela de Asuntos Públicos Lindon B. Johnson de la Universidad de Texas en Austin: “El populismo demagógico es una enfermedad de la democracia representativa, y para curarla es necesario que la democracia sea verdaderamente representativa.”
Cuando los trumpistas fanáticos irrumpen en el Capitolio para sabotear, como ya dijimos, el acto formal mediante el cual el Congreso iba a refrendar la conformación del Colegio Electoral que luego investiría al nuevo presidente de los Estados Unidos, no solo están haciendo un acto de boicoteo a un ritual que se repite cada cuatro años en ese país, sino que le están anunciando al mundo que la democracia está en peligro.
Ante los ojos del orbe la democracia estadounidense quedó pendiendo de un hilo; los insurrectos lograron decapitarla por un largo rato porque el Congreso tuvo que suspender la sesión, aunque ya en la madrugada del 7 de enero, el procedimiento formal concluyó, como estaba previsto, y quedó confirmada la victoria electoral de Biden
Al final del episodio las instituciones fueron más fuertes que quienes las quisieron violentar; lo grave es que un hecho de esta naturaleza en el escenario de una estructura institucional menos sólida, como las que tenemos en muchos países del mundo, puede ser el punto de inflexión que nos informe que no hemos llegado a un punto de no retorno en materia de consolidación de una democracia efectiva y para siempre.
Nadie duda que la responsabilidad de lo sucedido esta semana es del presidente Trump; el mismo personaje delirante y mitómano al que adoran en Colombia el Centro Democrático, el expresidente Uribe e Iván Duque y Pacho Santos; el mismo al que ayudaron varios congresistas colombianos del partido de gobierno a ganar las elecciones en La Florida; el mismo jefe del Senador ultraconservador Ted Cruz, director de la turba de incendiarios que protagonizó la toma del Capitolio y que le ha declarado públicamente su amor político a Álvaro Uribe.
Yo no sé a ustedes, pero a mí sí me parece muy preocupante todo esto.
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