Guido Echeverri


Esta como tantas otras crisis que a lo largo de la historia ha vivido la humanidad nos ha sobrevenido de forma inesperada, y ha puesto en evidencia las carencias y vacíos de nuestra organización social.
Esa organización expresada en el Estado encuentra que no es funcional al imperativo de enfrentar con eficiencia esas crisis y entonces, a posteriori, se reordena y se adapta a las nuevas urgencias, y redefine los instrumentos con los que se pone en actividad.
Desde casi siempre nos han fallado las predicciones, la prospectiva, las visiones anticipatorias. Así pasó, por ejemplo, con la recesión de 1920, la crisis de los precios del petróleo de 1973, el derrumbe de La Unión Soviética y con él el fracaso del Estado centralmente planificado, y vuelve y juega, la recesión del 2008. No estuvimos preparados; tampoco ahora.
Por algunas voces aisladas, Krugman, Gates, conocimos después que alguien había visto lo que iba a suceder y nos dolemos de no haberles puesto más atención.
Las crisis por sí mismas han inducido cambios estructurales que más allá de solventar los problemas inmediatos, han devenido en nuevos acuerdos sociales, más efectivos escenarios institucionales, distintas y más adecuadas formas de gobierno y, sobre todo, en una revalorización de los fundamentos que orientan y definen nuestra vida individual y colectiva.
La epidemia de la peste negra que asoló casi toda Europa mató muy buena parte de la población de ese continente: disminuyó el número de siervos para atender las faenas del modo de producción feudal, que por demás vivían en la más desgarradora miseria. Esa disminución de mano de obra hizo inevitable el mejoramiento de sus condiciones de vida. Los trabajos feudales se redujeron, empezó a aparecer un mercado de trabajo inclusivo en Inglaterra, y los sueldos aumentaron.
La Depresión del 30 hizo que de la mano de las teorías Keynesianas surgiera con ímpetu el Estado de Bienestar que se concretó en el New Deal y que puso en marcha Franklin D. Roosvelt. Este Nuevo Trato no solo facilitó la salida de la Gran Depresión sino la recuperación de Europa después de la devastación de la Segunda Guerra mundial.
Las circunstancias derivadas del aumento inesperado y excesivo de los precios del petróleo en 1973 crearon una enorme crisis sobre todo en aquellos países petróleo-_dependientes. Ya venían discutiéndose desde mediados del siglo en los más exclusivos ambientes académicos e intelectuales de EEUU y Europa las teorías de George Stigler y Milton Friddman entre otros, que abogaban por un Estado más pequeño, menos intervencionista, más lejano y más respetuoso con el mercado.
De esta forma, y en lo que a la dimensión social se refiere, el Estado ha transitado una especie de curva de Gauss a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI, pasando de ser un Estado fuertemente liberal a comienzos del XX, a un estado social en las décadas centrales, para acabar otra vez en un tipo de Estado de corte neoliberal en estos años que corren.
En el ahora del Estado neoliberal se desmantelaron las redes públicas de servicios sociales, se privatizó la gestión de derechos esenciales, se desregularon las actividades económicas, en especial las financieras, se abrieron las economías, se globalizó el comercio y se firmaron en consecuencia múltiples acuerdos de libre intercambio.
Esta crisis, la de ahora, no va a pasar sin pena ni gloria. Pero no creo, como muchos afirman, que nada volverá a ser igual. Creo que el ser humano seguirá siendo codicioso, utilitarista, competitivo, egoísta; no desaparecerán la envidia ni la indiferencia frente a los sufrimientos de los demás. Puede que después seamos un poco más compasivos y más conscientes de la depredación a la que hemos sometido al planeta
Lo que sí es cierto es que atendiendo más que a otra cosa, al instinto de conservación como especie, nos esforzaremos por crear otras formas de enfrentar los desafíos derivados de esta crisis, la única realmente global que ha padecido la humanidad.
Y entre esas formas estará la configuración de otro tipo de Estado; uno que garantice mejoras sustanciales en la manera de adaptar las instituciones a las expectativas de seguridad, protección a la vida y nueva relación con la naturaleza; y que posibilite buenos gobiernos, más democráticos, más eficientes, y más respetuosos con el dato científico y el conocimiento.
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