Guido Echeverri


El miedo hizo lo suyo, pero no fue suficiente para atajar a Petro; ganó con claridad la presidencia y aún está como dicen los franceses “en estado de gracia con la opinión”. Como todo presidente, sin excepciones, en el discurso de victoria, llamó a la unidad; hasta lo hicieron Trump y el propio Duque. La conversación de Petro con Alvaro Uribe puede significar un paso adelante en esa dirección. Este encuentro entre dos contradictores históricos no deja de tener interesantes simbolismos. Sobre todo, en un país como Colombia, en donde, no obstante, las largas y profundas fracturas sociales y políticas, no hemos sido inclinados a lo que pudiéramos llamar una democracia de consenso.
El Frente Nacional y la Constituyente del 91, pretendieron serlo y no lo lograron. Hemos sido prolijos sí en armar mangualas para perpetuar esta especie de Estado patrimonialista que tenemos hoy y que amamanta a ciertas élites corrompidas que se lucran de su manejo.
Ese gran acuerdo nacional es inevitable ahora cuando la democracia colombiana ha elegido por primera vez en su historia un presidente de izquierda. Las reformas que son consustanciales a esta nueva mirada de la sociedad, el gobierno y el estado, necesitan de grandes acuerdos que no podrán ser el simple resultado de armar unas mayorías numéricas en el Congreso de la República. Aquí hay que hablar con todos: los empresarios, las centrales obreras, los trabajadores, los científicos, los académicos, la sociedad organizada, los jóvenes y las mujeres, los grupos armados ilegales, las minorías, los territorios.
El presidente electo ha dicho que, entre otras, las reformas prioritarias son la tributaria, la política, la agraria, la educativa, la ambiental y la del Estado, incluida la creación de los Ministerios de la Igualdad y el de la Paz, la Seguridad y la Convivencia.
Podríamos decir que las primeras puntadas para asegurar esas reformas las ha dado el presidente electo con el nombramiento de sus primeros ministros y ministras: José Antonio Ocampo no ha sido ajeno al debate sobre la reforma tributaria estructural y progresiva de la que se viene hablando en Colombia hace muchos años. No es un economista ortodoxo, cuenta con credenciales académicas suficientes, y ha estudiado a profundidad el problema de la desigualdad, tema íntimamente atado a la estructura tributaria del país.
Cecilia López tiene una vastísima experiencia en asuntos del Estado, como que ya ha sido ministra en varias ocasiones, es investigadora rigurosa también en temas de equidad y el agro, y ostenta una muy destacada formación en las más prestigiosas universidades de Estados Unidos. Ha dicho que trabajará duro para sacar adelante una reforma rural integral, pero no una al estilo de los años 60, si no la que está pactada en el Acuerdo de Paz de la Habana: una que enfatice en hacer más justa la estructura de la tenencia de la tierra en Colombia, devuelva la tierra a los despojadas, grave bastante las grandes extensiones improductivas, apoye la economía agrícola familiar para conseguir seguridad alimentaria y sustituya importaciones de productos que podemos cosechar aquí como el maíz y el catastro multipropósito.
Ya era hora de que después de varios años llegará al Ministerio de Cultura, una jornalera del sector, ahí ha estado toda su vida, artista ella misma, sobreviviente de todas nuestras guerras recientes; tiene claro que la cultura y la violencia están íntimamente ligadas y que por la tanto hay que ponerla al servicio de la paz y de la sana convivencia.
A Susana Muhammad le ha correspondido poner sobre la mesa un tema controversial, el fracking; ha reafirmado que en este gobierno no se permitirá; pero tampoco ha negado la necesidad de conversar en torno a los contratos que ya están vigentes, más aún a la luz de la sentencia del Consejo de Estado que salió esta semana.
Alvaro Leyva es un veterano de mil batallas, siendo vástago de una de las familias más encumbradas de la élite colombiana, ha sido un conservador progresista, tozudo defensor del acuerdo nacional para buscar la paz (mencionó como ejemplo el Pacto de la Moncloa en España), y partidario de iniciar negociaciones con el ELN. Los temas gruesos de interés internacional, entre otros, la paz, los derechos humanos, el medio ambiente y la normalización de las relaciones con Venezuela, estarán, como ya lo ha dicho, entre sus prioridades.
Tal vez una de las designaciones más controvertidas ha sido la de Carolina Corcho. Sus desencuentros con Alejandro Gaviria y Fernando Ruiz, ministros de salud, y sus opiniones no siempre bien fundamentadas sobre el manejo que le dio Duque a la pandemia, no la dejan bien parada. Dignificar las condiciones laborales de los trabajadores de la salud y plantear reformas a la ley de la Salud, son propuestas bienvenidas que tendrán también que ser consensuadas.
Uno de los nombres más esperados era el de ministro de Educación; ha designado Petro a Alejandro Gaviria, y sus primeras intervenciones han hablado de mejorar la cobertura en educación preescolar y superior, acabar con el programa Generación E, reformar el ICETEX, y la ley 30 de Educación Superior. Su condición de exrector universitario y uno de los colombianos más versados en economía política, lo hacen confiable en los temas de la economía política de la educación, tema que en Colombia ha sido equivocadamente olvidado.
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