Gonzalo Gallo


Me encanta cuando las cámaras de la televisión enfocan a los aficionados más apasionados del Mundial en las graderías.
Se ven caras pintadas, atuendos vistosos o exóticos y derroche de entusiasmo. Van al cielo con un triunfo y al averno con una derrota.
El fútbol y otros deportes desnudan lo mejor y los peor de cada persona hasta el extremo de generar fanatismo y violencia.
Me gusta mirar todo eso como un observador que busca equilibrio y no involucrarse hasta el delirio.
Me fascina que las personas disfruten, se diviertan y estrechen lazos de unión gracias a un deporte.
Al mismo tiempo me hago preguntas porque sé que es un estupendo modo de tomar consciencia.
¿Qué tal esa pasión en el amor y en el trabajo? ¿Por qué no vibrar igual en otras áreas más importantes de la vida?
¿Esos hinchas enardecidos dedican a su alma y a los que dicen amar la mitad de la energía y el tiempo que invierten en el fútbol?
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