Gonzalo Gallo


Aprendes valiosas lecciones cuando lees algo sobre la alquimia que hace siglos fue la precursora de la química. Se dio antes en Mesopotamia y China.
Por allá entre los años 500 y más o menos el 1500 duró en occidente una etapa alquímica de búsquedas, experimentos y transmutaciones.
Alquimistas como Giordano Bruno, también astrónomo y poeta, buscaron la piedra filosofal y el elixir de una larga vida o de la inmortalidad.
Muchos fueron juzgados y, de hecho, a Giordano Bruno lo quemaron en Roma por allá en el año 1600. Estaba adelantado a su tiempo.
Si se mira lo aparente, un alquimista soñaba con transmutar metales como el plomo en otros mejores como el oro. Usaban mercurio, azufre, sal y fuego.
Pero se sabe que muchos se interesaban más por cambios en lo profundo de su ser, por evolucionar espiritualmente. Hacían oración y ayuno.
Y esa es la gran lección, que tú y yo hagamos la alquimia del amor que transmuta el odio en perdón, el orgullo en sencillez y las dudas en fe.
Cambios que piden consciencia, disciplina, dedicación, paciencia y el firme compromiso de mejorar como personas.
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