Gloria Chávez Vásquez


A la justicia se le representa con una venda en los ojos. O sea, no es ciega, pero se le cubre la vista para que actúe equitativamente. El autor de El libro de las Ilusiones, Paul Auster (1947) afirma: “Si la justicia existe, tiene que ser para todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia”.
Definida por los antiguos griegos como el principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde, la Justicia es, el principio ineludible que debería regir nuestras sociedades.
Un principio básico del mundo jurídico, según el juez, filósofo e historiador francés Montesquieu, autor de El espíritu de las leyes (1748) es que “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley”. A las cortes las mueven las leyes, justas o injustas. Hace poco escuché la siguiente línea en un drama en el que la juez decía con vehemencia al acusado: “Esta es una corte de leyes, no de justicia”. Con esa frase definía la intención funcional del sistema.
Lejos están los días del rey Salomón, que impartía justicia basado en su sabiduría y a favor de la víctima. La justicia reside en el juez, pero hay tantos que la deforman, que el hecho de vestir una toga no les hace justos. Por el contrario, para muchos la toga es un disfraz.
Es más, en muchos países se crean cortes para complacer ciertos segmentos antisociales, como es el caso de las JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) con los guerrilleros en Colombia, o el de las cortes españolas con los terroristas etarras.
Cada día es mayor el número de jueces que dictan sentencia de acuerdo a su ideología o simpatías políticas; en ocasiones toman decisiones dependiendo de un precio. Los políticos contribuyen enormemente a esa deformación, introduciendo partidistas en las cortes. Pero una justicia basada en leyes dictadas desde una ideología dista mucho de ser justicia.
Un ejemplo de esa interpretación tuvo lugar durante las audiencias para confirmar como juez de la Suprema Corte de EEUU a Sonia Sotomayor. En ese entonces salió a relucir una grabación en la que ella comentaba, muy casualmente, que las leyes se improvisan en las cortes, pero que no estaba supuesta a decirlo o a reconocerlo. Sus partidarios justificaron el comentario de mil maneras, pero la admisión quedó para la historia.
El escritor y político español Don Francisco de Quevedo (1580-1645) dijo muy acertadamente que donde hay poca justicia es un peligro tener razón. Más que eso, los jueces justos son objeto de persecución y en lugares donde reinan el crimen y la corrupción, operan bajo peligro de muerte.
Eliminados el juez y la justicia, queda la ley del ojo por ojo y diente por diente, la única opción de un pueblo frustrado, desilusionado y víctima de la injusticia de las elites educadas que, se supone, administren la justicia.
El equilibrio de la justicia reside en saber distinguir lo que es igualdad y lo que es diferencia. ¿Somos todos iguales? ¿O somos diferentes? ¿Ud. es europeo y yo soy americana? Somos diferentes, pero tenemos igualdad de derechos. Usted es hombre y yo soy mujer. Somos diferentes, pero como personas tenemos los mismos derechos.
Existen muchas confusiones entre cómo definir justicia y libertad. Su armonía es casi imposible entre dos derechos que suelen colisionar. La libertad disminuye a medida que se imponen leyes. La justicia y la libertad dependen, por tanto, de las circunstancias del individuo.
En la vida real, la ley dista mucho de ser justa, pero, como dicen los sabios, la justicia tarda, pero llega. Es la ley universal que quien mal anda, mal acaba. Basta referirse al catálogo de los injustos en la historia.
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