Gloria Chávez Vásquez


“El poder es el afrodisiaco definitivo”, dijo una vez Henry Kissinger. Estaba siendo demasiado parcial y hasta generoso. La del poder, como cualquier otra adicción, lleva a comportamientos extremos que abusan y ahogan la justicia y por ende la paz de las comunidades. El adicto al poder es por naturaleza violador de los derechos ajenos, pues impone sus deseos sobre el bienestar de los demás. En su desesperación por ese “éxtasis”, destruye vidas, incluyendo la suya. Es un ser oscuro al servicio del mal. Es parte de una especie que, como un virus, se propaga en condiciones sociales como las actuales.
El poder es y ha sido la serpiente de paraíso, que tienta y desgracia a todo aquel que se deja seducir. Pero hay un adicto al poder que podríamos llamar “de media tinta”. Es el individuo servil, instrumento del poderoso que, como reptil, actúa agazapado. Es aquel que se beneficia indirectamente, prestándose, muy directamente, a la corrupción y al abuso. No tiene conciencia, ni ética, ni principios morales. Padece de paranoia, porque se ve obligado a esquivar el resplandor de la mirilla inquisitiva que se enfoca en su amo, el poderoso. A este tipo de persona no le interesan la responsabilidad ni la fama que atrae el poder, sino sus beneficios. Su producto más codiciado, aparte del dinero, son las sobras del poder. Y por migajas está dispuesto a mentir, traicionar, difamar y destruir a todo aquel que se atreva a señalar los abusos.
Es posible que el mundo haya conocido alguna vez, lo que se diga, un tiempo de paz o de concordia. Pero el estado natural de sus asuntos sociopolíticos ha sido salir de una crisis para meterse en otra. Citando otra vez a Kissinger, “Los políticos corruptos hacen que el otro diez por ciento se vea mal”. La especulación, la desinformación y la hipocresía son la norma. Los líderes honestos son vistos con suspicacia y hasta con rencor. En muchas ocasiones y como todo redentor, han sido crucificados.
Muy a pesar de la mezquina agenda de gran parte de la maquinaria mediática, la inteligencia colectiva ha comprendido la imperante necesidad de educar, ante el peligro de una ignorancia manipulada por los oscuros. El ciudadano responsable sabe ya que en una democracia el poder es de todos y no de unos pocos. La hipocresía ya no tiene razón de ser. Es hora de abandonar los extremismos, simples manifestaciones del fanatismo. Decía Winston Churchill que un fanático “es aquel que no puede cambiar de opinión y no cambiará de tema”. Según Ortega y Gasset, decir que se es de izquierda o de derecha solamente, es admitir a una forma de parálisis moral. El punto de vista es absolutamente necesario y parte del panorama.
La gente iluminada reconoce que somos parte de un universo en el que no tenemos que estar a merced de los agentes del mal. Que la víctima cede su poder al victimario cuando permanece en silencio. Que la paz está tan cerca de nosotros como lo están nuestra familia y nuestros vecinos. Que el enemigo no es la crítica sino nosotros mismos cuando nos sentimos responsables de lo que se nos critica.
Que, en fin, si deseamos vivir en paz, debe haber un orden social y nuestra obligación como ciudadanos, es aliarnos con la verdad y la justicia para así recuperar el poder de las garras de los seres oscuros que se esconden detrás de las maquinarias violentas, llámese delincuencia, corrupción, narcotráfico o guerrilla.
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